Por Bruno Ferrari.
Y eso que no era mi chica, ni tampoco llegué a conocerla tanto, y no se si algún día lo haré, pero compartí una historia con ella, una bastante extraña (al menos para mí). Y un día me levanté y dije: “¿por qué no escribo de ella?”. Y ustedes estarán pensando “esta mina lo enamoró” o “lo flasheó” en una jerga más juvenil. Pero no. No es por eso que se me ocurrieron estas líneas, si no por cómo es ella. Tal vez un poco de cada cosa: especial, rara, loca, única, mística. Muchas cosas que la pueden adjetivar pero nunca definir. Si somos muchas cosas, ella lo es más. Y aunque todo parece pintar como un relato edulcorado, déjenme aclarar que nada es lo que parece, y si piensan muchas cosas más, les recomiendo que no piensen. Solo traten de leer. Traten de leer sobre Nila y mi historia con ella.
Sinceramente, no recuerdo cuándo la conocí. Si por alguna amiga, o por qué. Me da bronca no recordarlo. Les juro que hago el esfuerzo, pero nada. No pasa nada. No hay fecha, no hay clima en mi cabeza. Y sin embargo, a ella la tengo muy presente. Porque varias historias de Nila conmigo son raras, aunque muchos dirán que a muchos les pasó con muchas mujeres, y yo los comprendo. Pero empecemos por lo que más recuerdo: antes de conocerla, yo ya sabía por lo que había pasado. Siendo una chica en camino a ser una mujer, en el medio pasaron muchas cosas que afectaron gravemente su forma de ser. Quizás el hecho que la marcó profundamente fue el asesinato del padre a manos de dos ladrones en su propia casa. En el barrio se oyeron tiros a la madrugada, y provenían de la casa de Nila. Mucho no se pudo hacer por entonces. La gente, indignada, salió a la calle a protestar. Nila, junto a su madre, hermanos y el resto de su familia (en una misma cuadra vivía la tía de Nila y su abuelo por parte de la madre), más todo el barrio, con pancartas y difusión en los medios, pidieron justicia por el hombre muerto a mano armada. Y el hacerse escuchar logró su cometido: apresaron a los dos delincuentes. Y una historia pareció cerrarse. Pero bajo tanto bochinche, estaba Nila, y ella la estaba pasando mal.
Todo esto lo se porque fue un caso conocido en la ciudad. E igualmente, Nila me interesó. Por mi amiga que me la presentó, que también me advirtió este detalle en la vida de ella. Igual, no había llegado a cruzar muchas palabras con ella, solo unos cuantos saludos y unas cuantas despedidas. Pero llegó el día que hablamos más, una vez en un boliche. Y la verdad quedé sorprendido: ella, directamente, se abalanzó sobre mí, en busca de afecto instantáneo, que la verdad, yo no estaba preparado por entonces. Yo estaba en una etapa de hablar primero y accionar segundo. Ella tenía esa etapa pero invertida. Y vale aclarar en este punto que Nila no era una mina fea. De cara, bastante. Pero tenía un cuerpo perfecto, trabajado durante años en un gimnasio, y por natación, ya que tenía una espalda ancha. El cuerpo clásico de guitarra ella lo poseía, más unos buenos pechos. Conformaban, físicamente, a una chica apetecible. Y eso los pibes lo sabíamos, ya que no era el único que habló con ella, si no varios. Y ella se comportó siempre igual: amigable, provocadora, directa. A mí me ofreció volverme con ella, a lo que yo dije que sí, pero después me arrepentí y decidí volverme solo. Y Nila luego me lo hizo notar.
Unas semanas después de eso, volví a hablar con ella. Esta vez por chat. Era de noche, tipo 22. Y ella en algún punto seguía provocándome a pesar que esa vez en el boliche no me haya vuelto con ella. Así que me propuso ir a la casa. Yo, un poco tocado por el faltazo de aquella vez, más un potable deseo de hacerla mía, acepté su propuesta, pedí un taxi y fui a su casa. En el camino yo pensaba que, para no volver a hacerla mal, debería encarar las cosas de otra manera y seguirle su juego: primero accionar, y luego hablar. Nila tenía eso: provocaba el pensamiento más perverso, y eso se notaba. Y yo lo notaba. Y yo lo quería poner en práctica. Pero como se darán cuenta a continuación, pocas veces sale algo como uno quiere, o como uno lo está planeando.
La casa quedaba en un primer piso, y al subir las escaleras no imaginaba con lo que me iba a encontrar. Las paredes estaban adornadas con palabras, poemas y fotos referidos al padre de Nila. Recuerdo más las palabras, en donde ella escribió que lo extrañaba, que lo amaba, que nunca habrá nadie como él. En el medio de una habitación, junto a la cocina, había una mesa donde se encontraban varios de los familiares. Estaba la madre, la tía, el hermano. Estaban cenando. Nila se encontraba en otra habitación pegada a la anterior. Ella estaba viendo una versión doblada en español de El jardinero fiel bajada de internet para la facultad. Yo, al observar todo esto, pensé en irme lo más pronto de ese lugar. Primero, porque no conocía a nadie y me hacía sentir incómodo. Y segundo, porque no iba acorde a mis planes. Pero decidí quedarme a ver cómo transcurría la noche, quizás a favor mío, quizás no. Y quizás no fue la respuesta correcta: Nila no estaba para nada provocadora, estaba vestida con un pijama infantil que no despertaba ningún deseo sexual en mí, sino que daban ganas de retarla y mandarla a la cama a dormir porque era tarde. Además, la noté en un estado distinto a la otra vez: hablaba de manera muy lenta, decía incoherencias, no terminaba las oraciones, se reía de cualquier comentario que yo decía. Yo todavía no entendía por qué se comportaba así, pero decidí seguir viendo cómo se desarrollaba todo. Me dijo que viéramos la película, a lo que yo le respondí que ya la había visto y que no me había gustado, a lo que ella me pidió que se la cuente así no la veía. Yo le dije que la viera porque tal vez a ella le iba a gustar, era una historia de amor trágica por así decirlo, que denunciaba a una empresa farmacéutica que funcionaba como la “corporación maligna”, la cual estaba asentada en África, en donde la pareja vivía, ella siendo activista y él como un diplomático. Ella muere en un accidente, y el diplomático la llora. Ella iba con un hombre, y todo indica que tenían un romance. Pero el diplomático comienza a indagar, porque sabe que su mujer era una persona que incomodaba a los poderosos al reclamarles muchas cosas con respecto a la contaminación, salud y sociedad, a la que se estaba afectando en África. El diplomático no tarda en descubrir que en realidad a ella la asesinaron, y que el hombre con el que estaba, era otro activista y homosexual. De allí, se dispara el resto de la película en seguir al diplomático en tirar abajo a la poderosa empresa farmacéutica, pero más que nada, en la búsqueda de su mujer y en reivindicar su muerte, la cual no quiere que haya sido en vano. Le dije que también le podrían gustar los paisajes de África, las actuaciones. Pero que a mí la película no me terminaba de gustar. Al decir todo esto, me daba cuenta que en realidad estaba hablando conmigo mismo, ya que Nila tampoco me prestaba mucha atención. Es decir, me escuchó los primeros 5 minutos, pero luego se iba, es decir, seguía en persona, pero no hablaba, no me miraba, se iba de la habitación, quien sabe a dónde, quizás a un lugar feliz o un lugar triste y oscuro. Cuando volvió, me dijo que jugáramos al truco. Lo hicimos. Nunca jugué tanto al truco en mi vida. Habrán sido minutos, pero yo lo viví como si fueran horas. Ella se reía de todas las cartas que le tocaban, desde un cuatro hasta el macho. Pero no era una risa sin sentido, una risa insoportable, que de repente no quería escuchar más.
Mientras jugábamos, noté que empezamos a estar solos alrededor. Sólo quedó la madre, la cual me ofreció comida. En realidad, Nila le dijo que me diera de comer, aumentando mi incomodidad. La madre me sirvió tarta de zapallo, junto a un vaso de jugo. Yo le agradecí y mientras comía, seguimos jugando al truco. Cuando jugábamos mucho, Nila ponía la película. Al terminar de comer la tarta, noté que la madre no estaba más. Estábamos solos. Nila se paró a poner pausa a la película y se sentó arriba mío. Pude sentir su cuerpo a través del algodón de su pijama. Noté que ella comenzaba a agitarse. Nos besamos. Cuando nos comenzamos a excitar, ella se alejó y se sentó en su silla. Apareció la madre en escena. Quería saber si estábamos bien, si necesitábamos algo. Yo dije que no, que gracias. Yo solo trataba de saber cómo hizo para escuchar a la madre, ya que yo no escuché ningún sonido de pisadas ni nada por el estilo. La madre salió y Nila me dijo que volvamos a jugar al truco. Yo le seguí el juego nuevamente, pero la verdad sentía que la noche se estaba tornando extraña hace rato. Jugamos unas manos más, ella volvió a subirse arriba mío. Volvimos a besarnos y a tocarnos. Ella se volvió a su silla, pero esta vez no apareció la madre. Le dije que no entendía por qué hacía eso, que me explicara. Ella sólo se limitó a reir.
Luego llegó el fin de mi estadía en la casa de Nila. Le pregunté si tenía alguna cerveza. Me dijo que no, que ella no puede tomar alcohol. Le pregunté por qué. Por las pastillas, me dijo. Yo empecé a prepararme para lo que venía, mentalmente digamos. Ella comenzó un relato en el que narraba los sucesos que tuvieron que ver con el padre, que ya los sabía porque el hecho lo vi en los noticieros y en los diarios. Prosiguió el relato contándome que una vez que estuvo de novia con un chico, empezaron a pelear bastante feo, y ella terminó a los gritos por la calle insultándolo. El chico decidió irse, y ella iba atrás de él insultándolo de arriba a abajo. La madre decidió internarla unos días en un psiquiátrico, donde a ella le daban pastillas de todo tipo. Al salir, le dijeron que las siga tomando, para prever lo peor, le dijeron. Y ella siguió tomando. Al terminar de decir esto, aparece la madre y le deja en la mesa donde antes estaban comiendo, unas pastillas y un vaso con agua. Ella, obediente, se acerca a la mesa, le dice gracias a la madre, y se toma las pastillas. Luego vuelve a sentarse a mi lado, junto a mi cara de póker. Se escucha el timbre. Se escucha la puerta de entrada que se abre y se cierra. Es mi vieja que se cruzó enfrente a hablar con un vecino, me dice ella. Ella se va a la ventana que da a la calle a fumar un pucho y a observar a la madre hablando con el vecino de enfrente. Yo me acerco junto a ella en la ventana. Hay un árbol seco que obstruye la visual. Yo me pongo detrás de ella, y le agarro las nalgas y juego con mis dedos en sus cavidades. ¿Qué hacés? Mi vieja está mirando, me dice ella. Nada, juego, le respondí. Yo en ese momento me sentía curado de espanto. Había visto y escuchado demasiado por unas horas en una noche en la cual ya mis planes se encontraban en el tacho de basura. Decidí seguir el juego de manera vívida, y actué de esa forma, a ver qué pasaba. Ella no se inmutó, siguió fumando mientras yo jugaba con mis manos por su cintura. Se escucha la puerta de entrada que se abre y que se cierra. Yo vuelvo a la silla donde estaba antes. Luego Nila se sienta en la silla de la computadora, donde estaba la película pausada, y me dice “vení que te muestro unas fotos”. Yo me acerco y empiezo a ver una secuencia de fotos de ella durante su vida: con amigas, con novios, amigos, con los que salió, con su familia. Yo me imaginaba volver a la cotidianeidad cuando me empezó a mostrar fotos de su hermano con plantas de marihuana, el hermano y los amigos fumando y riéndose y mirando a la cámara. No era extraño el tema para mí, pero era extraño ver a la madre pasando detrás de mí y mirando las fotos que yo miraba. Una familia liberal, pensaba, pero también pensaba en que era una familia donde nadie decía nada con respecto al otro. Nadie juzgaba.
Y luego vinieron las fotos de ella con su padre. Era perturbador el silencio y la pausa de ella al mostrarme estas fotos. Directamente ni hablaba, y no pasaba las fotos. Dejaba una foto puesta por varios minutos, sin decir nada. Luego me mostró fotos de la marcha que hicieron por el padre, de los vecinos. Este era el mejor amigo de mi papá y vive enfrente, me decía en una foto. Esta soy yo con una de las pancartas en la marcha, en otra foto. Y luego vino el pico, el plato fuerte: me mostró un video del día después del asesinato del padre. La cámara mostraba los ambientes de la casa donde yo estaba en ese momento, pero que en el video la mostraba llena de policías, hablando entre ellos, tomando notas, testimonios. Luego la cámara mostraba el piso donde estaban mis pies apoyados, y que en el video se veían manchas de sangre en grandes tamaños. Luego alguien que habla a la persona que filmaba: “Nila, vamos que tenemos que ir a la comisaría a declarar”. Fin de la filmación.
Al terminar el video, ella me pregunta qué me pareció. Yo no sabía qué decir. Sólo pude decir que me alegraba que hayan encontrado a los culpables y que estén presos. Hace poco salieron, me dijo ella. Otra vez, ningún comentario de mi parte. Yo solo la miraba, y veía en su cara una mueca, una sonrisa, un producto de tantas cosas vividas, de tanta mierda, de muchas cosas mezcladas, lo veía en esa mueca. Y es más, me costaba mirarla fijamente. Creo que me superaba la situación. Todas las cosas que experimenté en mi vida hasta ese entonces, no se asemejaban a lo que estaba viviendo en esa noche. Luego miré la hora, y noté que era la medianoche pasada. Habían pasado sólo dos horas desde que había llego a la casa de Nila, y ya me quería ir. Le dije que me pida un taxi, y ella me dijo que bueno, que ahí lo pedía. No tardó mucho en venir, a lo que le agradecí indirectamente al taxista. Nila me acompañó hasta la puerta, donde se encontraba la madre y la tía. Le di un beso en la mejilla a Nila y me subí al taxi, con el más profundo deseo de no volver nunca más a esa casa. Pero al volver a mi casa en el fondo me sentía culpable y quería ayudarla. Me sorprendía que siga tratando de tener una vida normal, y eso es algo para valorar bastante. ¿Pero qué era normal para ella? ¿Qué era normal para mí? ¿Yo soy normal? Sólo puedo asegurar que ella tenía problemas. Muchos. Los cuales los lidiaba de una forma que sería muy difícil cambiar. Ella tenía que cambiar. Pero en término de hábitos. Pero yo no lo podía hacer. No. Yo no era nadie. Ni un amigo, ni un novio, ni un amante. Nadie. Sólo podía desearle lo mejor en el fondo. Y que nuestros caminos se vuelvan a cruzar y que esta vez ella esté bien y que podamos hablar bien.
Luego de esa noche, no la volví a ver. Hablamos unas semanas luego por chat. Ella me preguntó si me acordaba de una de las fotos donde estaba el mejor amigo del padre. Yo le respondí que vagamente. Luego me preguntó si me acordaba que cuando yo fui a su casa, en un momento la madre se cruzó enfrente a hablar con un vecino. Le dije que sí, aunque yo en realidad recordaba haber jugado con su cuerpo. Me dijo que el vecino le estaba contando a la madre que el mejor amigo de su padre había muerto calcinado al ir por una ruta en una camioneta y al haber chocado con un camión cisterna el auto se incendió. Ella me pasó el link de la noticia, para corroborarlo. Yo simplemente no lo podía creer. Más que nada por ella. Yo pensé: “pobre mina! Las personas que la rodean se van yendo una a una de manera trágica”. Y luego traté de levantarle el ánimo, pero no me respondió. Nunca más hablamos.
No sabemos como llegaste aquí, ni lo que estas buscando, pero esto es con lo que te vas a encontrar
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lunes, 16 de mayo de 2011
Lluvia
Por Bruno Ferrari.
Afuera llueve
y yo aprovecho
en ponerme al día.
Hablo con mis amigos
me entero de sus vidas
Y por un rato la paso bien.
Pero encuentro en Internet
una foto
donde está ella
y sonríe para la cámara.
De repente
se me van las ganas de todo
y decido irme de la compu.
Camino de acá para allá
y de allá para acá
mientras voy pensando:
“qué hice de mal para perderla?”
me acuesto en mi cama
boca abajo
y cierro los ojos
pero no quiero dormir
tampoco quiero sufrir
pero me pasa
sufro
brotan lágrimas de mis ojos
sufro
me aprieto el pecho con las manos
como un muerto
en su viaje al purgatorio
y me digo “basta de sufrir”
Así que me levanto
y voy a jugar un rato con mis bichas.
Será un rato,
pero al menos ese rato,
me divierto y dejo de sufrir.
Afuera llueve
y yo aprovecho
en ponerme al día.
Hablo con mis amigos
me entero de sus vidas
Y por un rato la paso bien.
Pero encuentro en Internet
una foto
donde está ella
y sonríe para la cámara.
De repente
se me van las ganas de todo
y decido irme de la compu.
Camino de acá para allá
y de allá para acá
mientras voy pensando:
“qué hice de mal para perderla?”
me acuesto en mi cama
boca abajo
y cierro los ojos
pero no quiero dormir
tampoco quiero sufrir
pero me pasa
sufro
brotan lágrimas de mis ojos
sufro
me aprieto el pecho con las manos
como un muerto
en su viaje al purgatorio
y me digo “basta de sufrir”
Así que me levanto
y voy a jugar un rato con mis bichas.
Será un rato,
pero al menos ese rato,
me divierto y dejo de sufrir.
Leer
Por Bruno Ferrari.
Si leer enriquece
¿por qué leo dos hojas y me duermo?
Si repienso la pregunta, sería
¿por qué uno lee cuando se va a dormir?
Los días de lluvia puedo leer todo el día
Espero que eso le pase a la mayoría
Uno en un día de lluvia puede descubrir un buen libro
o puede descubrir una bazofia.
Sea cual fuere la cuestión
en el fondo siento que tengo que leer
desde una novela
hasta un poema
o de qué está hecho un desodorante.
Creo que eso es algo bueno,
y tiene que ver con la lectura
y tiene que ver con lo que yo quiero lograr.
Hay veces que me levanto
y quiero seguir leyendo
eso me pasa con libros excepcionales
o con pasajes inconclusos
de algún libro muy interesante
o con algún suplemento.
No me vengan con los tiempos libres
o que te tranquiliza.
Un buen libro
es un carnaval de sensaciones
y difícil que sean todas de paz
tan difícil como escribir esto
sin que nadie se ofenda
aunque no me importe mucho
pero es la educación que tuve
a la cual me sigo rebelando.
Pero yo trato de hacer algo,
algo complicado, pero algo al fin,
de impartir justicia
una especie de justicia literaria
justicia para con los libros.
Aunque nadie me crea
o no me entienda
me gustaría convencer a unos pocos
demostrarles mis fundamentos
mis ideas
mis reflexiones
de por qué leer un libro
o de por qué leer ESE libro.
Y con esos pocos
organizar una revolución
donde entremos en todas las casas
y en cada una
dejar un libro
en la mesita de luz
para que el que quiera leer
que lea
y el que no
que siga durmiendo.
Si leer enriquece
¿por qué leo dos hojas y me duermo?
Si repienso la pregunta, sería
¿por qué uno lee cuando se va a dormir?
Los días de lluvia puedo leer todo el día
Espero que eso le pase a la mayoría
Uno en un día de lluvia puede descubrir un buen libro
o puede descubrir una bazofia.
Sea cual fuere la cuestión
en el fondo siento que tengo que leer
desde una novela
hasta un poema
o de qué está hecho un desodorante.
Creo que eso es algo bueno,
y tiene que ver con la lectura
y tiene que ver con lo que yo quiero lograr.
Hay veces que me levanto
y quiero seguir leyendo
eso me pasa con libros excepcionales
o con pasajes inconclusos
de algún libro muy interesante
o con algún suplemento.
No me vengan con los tiempos libres
o que te tranquiliza.
Un buen libro
es un carnaval de sensaciones
y difícil que sean todas de paz
tan difícil como escribir esto
sin que nadie se ofenda
aunque no me importe mucho
pero es la educación que tuve
a la cual me sigo rebelando.
Pero yo trato de hacer algo,
algo complicado, pero algo al fin,
de impartir justicia
una especie de justicia literaria
justicia para con los libros.
Aunque nadie me crea
o no me entienda
me gustaría convencer a unos pocos
demostrarles mis fundamentos
mis ideas
mis reflexiones
de por qué leer un libro
o de por qué leer ESE libro.
Y con esos pocos
organizar una revolución
donde entremos en todas las casas
y en cada una
dejar un libro
en la mesita de luz
para que el que quiera leer
que lea
y el que no
que siga durmiendo.
miércoles, 20 de abril de 2011
La_cerveza_baja
Por Bruno Ferrari.
Noche de viernes en Santa Fe. Nada para hacer. Estaba sentado frente a mi computadora y no la estaba usando. Solamente disfrutaba estar sentado. La silla es muy cómoda. En ese momento pensé: ¿Quién me va a querer mover de acá? Y si lo hacen: ¿Yo voy a estar de acuerdo? Suena el teléfono. Es un amigo al cual no veo hace mucho. Me dice si quiero ir a tomar unas cervezas con él. Lo logró: me sacó de mi letargo. Casi lo aplaudo.
Nos encontramos en la puerta del bar La Toma. El lugar está repleto. Vamos a la barra a comprar una cerveza de litro, y al destaparla, una mesa se desocupa. Qué suerte la nuestra, pensé. Así que nos sentamos a comenzar el ritual de la actualización de nuestras vidas. Pasaron varios meses de la última vez que lo vi, fue uno de los motivos por el cual decidí salir de mi estado momificado. Mi amigo decidió irse a Misiones, con la idea de ir una temporada a juntar plata. Al menos eso me dijo antes de que se vaya.
La cerveza baja, y muy rápido. No sé si será que tenemos sed o ganas de emborracharnos. Pero la cerveza baja. Y ahí estoy yo, sentado al lado de mi amigo, que me cuenta de su vida en Misiones, de lo bien que le hizo respirar otro tipo de aire ajeno al de la ciudad. Que no fue a las cataratas ni a Posadas. Que fue a un lugar llamado Corpus, cerca de San Ignacio y de Paraguay. Entre Argentina y nuestro país vecino, sólo me separaba el río Paraná, me dice, y agrega que cruzó el límite y visitó Paraguay varias veces. Sólo para conseguir buen porro, porque Paraguay es una mierda, me aclara. Yo no conozco Paraguay, así que no le dije si estaba equivocado o no, sólo asentí, como hice la mayor parte del tiempo en el bar. Luego dijo que estuvo viviendo en lo de un hombre de unos cuarenta años, que le daba trabajo como su ayudante en el campo de un hombre millonario, cerca de Corpus, por lo cual tenía que levantarse temprano como nunca en su vida. Tipo 5 de la mañana venía el tipo con una lámpara y te agitaba como una maraca, y cagándome los buenos sueños que estaba teniendo, me dice medio entre risas. Que la vida en el campo es dura, laboriosa. Una bosta, concluye. Yo le dije que es normal que sienta eso, ya que es el contraste histórico entre ciudad y pueblo. Aunque él ya lo sabía, yo lo dije solamente para decir algo. Estaba empezando a sentir que mi presencia en La Toma era de disfrazarme de psicólogo y no de amigo.
Luego, siguió contándome que dejó de trabar allí (no me quiso decir el nombre del lugar ni del dueño del campo) porque el viejo dueño de la casa donde estaba parando una noche cayó antes de lo previsto, tipo 4 de la mañana, y en vez de querer levantarlo a los sacudones, se acostó junto a él. Ahí comprendió, según me dijo, que su vida en el campo había terminado.
Había llegado mi momento para hablar, pero yo no tenía mucho para decir. No está de más decir que ya íbamos por la cuarta cerveza, o quinta, ya no recuerdo. Pero las ganas de hablar no me acompañaban esta noche, y ya sabía por qué, solo que después de tanto tiempo, lo había olvidado y ahora volvía. Mi amigo me sacó información a la fuerza, porque yo no tenía ganas de decir nada. A cada pregunta suya, yo respondía con monosílabos o solo asentía. En ese momento, mi amigo se habrá sentido que hablaba con una pared. Pero yo no tenía la culpa. O al menos eso creía. Porque toda la noche se me estaba yendo de las manos. Y la cerveza seguía bajando.
Mi amigo me preguntó por su ex. No supe qué decirle. Quedé petrificado. Una sensación horrible sentí en el estómago. Aunque no había nada de malo en contarle que la veía muy seguido por entonces, que nos juntábamos a tomar mate, en coincidir en lugares de la noche santafesina, la cual se estaba volviendo muy repetitiva, ya que los bares, inclusive en el que estábamos sentados, empezaban a perder su atractivo a tal punto de querer no salir más a bares por la noche en la ciudad. Esto último que había dicho se ve que no le importó, ya que me preguntó a qué me refería con que me veía seguido con su ex. No supe qué responderle. Noté que no había más cerveza (quinta o sexta de la noche), así que me paré y fui a la barra comprar otra. Me dieron una cerveza congelada, por lo cual le pedí que me la cambiaran por otra. En todo ese tiempo sentí unos ojos penetrando por mi nuca, siguiendo mis movimientos desde que me levanté hasta que volví a sentar. Eran, por supuesto, los ojos de mi amigo.
Volví a la mesa, destapé la cerveza, y me senté. Mi amigo volvió a preguntarme que a qué me refería con que la estaba viendo seguido a su ex. Nada, solo eso, verla seguido es verla seguido, nada más, me defendí. Mi amigo me miraba con cara de sospecha. De repente, entra al bar un grupo de chicas. Una se acerca a saludar a la mesa. Era la ex de mi amigo. Besos en las mejillas de ambos. Un qué tal ameno para mi amigo, uno cálido para mí. Una pregunta de dónde anduvo todo este tiempo a mi amigo, mientras la mano de ellas estaba apoyada en mi hombro. Hablaron cinco minutos. Ella se despidió diciendo que volvía con sus amigas. Mi amigo agarró la cerveza y sirvió su vaso y luego el mío. Mi vaso lo sirvió deplorable. Pura espuma. Comprendí entonces, que nuestra amistad había cambiado. Hasta llegué a sentir que había terminado. Nadie decía nada. Nadie se movía. Eramos dos momias, o, como estaba hoy en mi casa antes que me llamara. Comencé a pensar para qué le dije de ir a La Toma. Pasó por mi cuerpo el sentimiento de arrepentimiento. Y mi única compañía era mi vaso de espuma de cerveza. Volver de una situación así no era lo mío. Así que me dediqué a beber. Y mi amigo también. Y sin decirnos una palabra.
Creo que íbamos por la décima, y ya no podía mantener la compostura, cuando mi amigo, también en un estado etílico considerable, empezó a insultarme, a decirme cosas como traidor, vendepatria, sin códigos, creído, un gil, un comevergas, un puto, un pelotudo. En fin, lo que se oye hoy en día y se le dice insulto, provenían de su laringe. Y yo sólo atinaba a escuchar. A escuchar y tratar de entender, y a seguir con mi postura monisilábica y de asentimiento. O ese perfil trataba de mantener. O ya ni sabía qué quería hacer o no quería hacer. Llega un punto al que a uno le da vueltas el mundo, la realidad, la amistad, la sensatez, el recato, el creerse un caballero, y se termina perdiendo todo, haciendo algo que zanje la cuestión.
Al terminar mi amigo (o ex amigo) de insultarme, o creo que fue al terminar de insultarme, ya ni me acuerdo, yo me paré de manera muy atenta, para no irme de boca al piso, y empecé a caminar, dejándolo a mi amigo solo, y me dirigí hacia el grupo de chicas, agarré a una, y comencé a besarla apasionadamente. Al cabo de 15 minutos eternos y disfrutables para ese estado. Me di vuelta para mirar la mesa donde estaba yo sentado, en busca de mi amigo. Pero él ya no se encontraba ahí. Se había marchado del bar. La ex de mi amigo me preguntó por qué hice lo que hice enfrente de él. No sé, solo tenía ganas de hacerlo, le dije. Me dijo que estaba borracho y me recomendó que vaya a mi casa, que no era lejos, y que ella me iba a acompañar. Accedí a regañadientes, ya que sentía que podía llegar solo, pero la verdad era que en la esquina me tiraba a dormir.
El camino de vuelta a casa fue complicado, o lo complicado para ella habrá sido cargarme. Eran 4 cuadras, y soportarme en ese estado, la verdad, era para hacerle un monumento. Cuando llegamos, ella abrió, me acostó en mi cama, dejó un balde al lado mío y se fue. Una voz lejana me dijo que al otro día llamara a mi amigo para pedirle disculpas. Lo hice. Al otro día me levanté a las 6 de la tarde. Y estaba todo el mundo al revés. Todo menos el balde, lleno hasta la mitad. Ver eso me hizo lanzar de nuevo, y de levantarme a vivir el día, o a intentar hacerlo. Lo primero (lo segundo, si se cuenta las repetidas cepilladas de dientes) que hice fue llamar a mi amigo a la casa, para disculparme por mi actitud inmadura ayer en el bar. Me atendió la madre. Me dijo que hacía 1 hora que mi amigo se había ido a la terminal a sacar un pasaje para irse a Formosa, que él le había contado que durante su estancia en Corpus, conoció a un chico que lo trató bien y le dio albergue unos días. Así que iba a parar en la casa de él. Le pregunté si sabía cuándo volvía. Sólo sacó pasaje de ida, sentenció la madre. Y que el colectivo salía en media hora. Le agradecí y me apresuré para llegar a la terminal a tiempo. Corrí y corrí. No sé cómo pero corrí. Las10 cuadras más largas de mi vida.
Al llegar, el colectivo de mi amigo había salido hace 15 minutos. Lamenté no haber llegado a tiempo. Y me prometí que cuando vuelva a verlo (si es que lo volvía a ver) le explicaría todo, cervezas de por medio.
lunes, 14 de febrero de 2011
A mi madre con amor.
Por Bruno Ferrari.
Querida madre: ¿alguna vez te he dicho cuánto te amo? ¿Alguna vez expresé mi amor por ti como un hijo humilde le expresa a la persona que la trajo al mundo? ¿Alguna vez te agradecí por haberme parido? Si fueras una mujer cualquiera y no mi madre, seguro que yo me casaría contigo (algún incesto mal intencionado por la persona que lea estas palabras) ¿por qué entonces escribo esto? En las siguientes líneas me desahogo, me confieso, me abro. Yo siento que te debo algunos fundamentos de por qué hice lo que hice, y por eso me he dedicado a escribir en este diario de manera continua durante cada tiempo libre de mi vida para expresar lo que siento por ti y lo que siento por el mundo (aunque más que nada es por ti). Y seguro que vos, querida madre, no llegarás a leerlo porque me he dedicado a escribir el día después de lo que hice contigo querida madre. Pero no me arrepiento, no, no. Si por algo lo hice es porque ya no podía seguir viviendo así, y en realidad no le busco una explicación coherente a todo lo que ocurrió, si no que ahora me dedico a vivir tranquilamente con mi esposa e hijos los cuales nada saben de todo esto. Debo contarte, querida madre, que uno de mis tres hijos, Rafael, me ha preguntado más de una vez, la verdadera historia entre tú y yo. Pero en mi sano juicio no le he contado más de la cuenta. Aunque algunas veces me he preguntado: ¿Estoy en mi sano juicio después de lo que hice? ¿Lo he estado en algún momento? Todas estas preguntas retóricas espero alguna vez contestarlas en mi absoluta madurez, que yo supongo que no me ha llegado.
Me has criado bien madre. Yo siento que lo has hecho bien. Creo que he sido un buen chico en mi infancia y adolescencia. Creo que todavía no me considero un adulto, pero he logrado adaptarme bien con la gente de nuestro barrio, con los hijos de tus amigas, e infinidades de personajes que existen en esta ciudad. Lugar y tiempo en este diario no se especificarán, porque no creo que sean necesarios en esta especie de auto-relato. Esto es para mí y nadie más, aunque el que lo encuentre seguro se sentirá atraído por sus palabras.
Si tengo que buscar algún hecho puntual para empezar mi manifiesto personal, sería en algún momento de mi infancia. No recuerdo fechas exactas, no quiero recordar. Las agendas no me gustan, y lo que yo anoto en mi diario me gusta que sea caótico, atemporal. Creo que debe ser porque alguna vez soñé en ser un escritor, o un poeta. O ser músico o actor, o algo que llame la atención en este mundo. ¿Te acordás querida madre de tus consejos?
Esa idea te encargaste querida madre de sepultarla bajo tierra. A la temprana edad de mi infancia, me explicaste bien lo difícil que es ser un escritor en estos tiempos. Yo no quería entender, pero nada que unas buenas bofetadas y patadas en el culo no puedan arreglar. Y al contarte que mi pasión era la ficción, vos me dijiste que la ficción es un género difícil de digerir. Que la gente prefiere leer crónicas, libros de auto-ayuda, cosas por el estilo, las cuales no he sabido valorar por entonces y no sé valorar ahora. Quizás en realidad no quiera hacerlo, pero no viene al caso. Lo que desvirtúa mi relato son todas las cosas que tengo guardadas. ¡Cómo me encanta escribir! No sé por qué no lo hice por ese entonces y haber seguido hasta ahora. En realidad, creo que sí se por qué, pero querida madre, repito, el amor que siento por vos, me hace olvidar pero a la vez recordar, todas estas cosas. El oficio de escritor es duro, yo lo sé, pero creo que había otras maneras de explicarme en su momento el por qué no convenía escribir ficción en el mundo que vivíamos por entonces y en el que vivimos ahora.
Cuando jugaba con los chicos del barrio y vos con tus amigas nos observaban, en algunos momentos simulaba jugar para escuchar lo que la gente grande habla cuando se reúne. Mi sorpresa fue enorme al saber que vos hablabas SIEMPRE de mí. De mis problemas, de las ganas que tenía de ser escritor, aunque era algo imposible de realizar porque (como le contabas a tus amigas) yo no leía mucho ni nunca demostré tener habilidad en la escritura. También les contabas que yo tenía el hábito de observar chicas desnudas. Eras una gran oradora madre, te he de conceder eso. Aunque yo de pequeño no me sentí muy afectado por esto.
Cuando crecí, y como todos sabemos la adolescencia es una etapa rebelde (aunque sea para mí lo fue), yo me dedicaba a realizar prácticas de vandalismo por así decirlo. Muchas veces he ido a las comisarías y nunca me buscaste querida madre. Nunca me dijiste nada sobre estos hechos. Yo me enojaba contigo cuando vos hacías oídos sordos a mis quejas. Creo que nunca te preocupaste demasiado por mí como para sacarme de problemas. No fue una adolescencia problemática. Creo que yo buscaba mis propios problemas para llamar la atención. Pero lo hacía por tu atención querida madre, que durante mi adolescencia, por ser hijo único tuyo de una mujer a la cual la abandonó su marido y que nunca conocí (esa figura a la que todos llaman PADRE y yo no tuve la oportunidad de hacerlo). Pero eso no te recrimino, querida madre. Porque ése no es mi problema, y no creo que haya tenido la culpa mi nacimiento. No recuerdo que me hayas contado que él estuvo a tu lado durante el parto. Así que no puedo hablar de gente que no conozco.
Mientras fui creciendo, fui acumulando resentimiento hacia ti querida madre. Yo no me explico por qué. Nos llevábamos tan bien…Creo que durante un año entero no me hablaste. Y no recuerdo que hayamos compartido un almuerzo o una cena. Yo me sentaba en la mesa y vos te ibas. No quedaba ni el plato en la mesa, quedaba en la cocina para que yo lo lavase. Ahí te acordabas que yo seguía viviendo contigo. Yo seguía en el fondo con ganas de seguir siendo escritor. Pero al no recibir respuesta tuya, decidí olvidarlo por completo y dedicarme a alguna carrera universitaria que te gustaba a vos, como resultó ser una ingeniería en X especialidad (no quiero ser muy descriptivo sobre lo que decidí estudiar). Siempre fantaseabas con la idea de que iba a tener una muy buena salida laboral y que me iba a brindar mucho dinero. No te equivocabas, tenías razón. Aunque por diez años me dediqué a estudiar y no funcionó. No pasé ni el primer año. Creo que no era lo mío.
Yo te cuidé bastante en esa época querida madre. Te acompañaba adonde vos tenías ganas de ir, aunque ni me hablaras. Las salidas más interesantes que teníamos eran las que te ponías a hablar de mí con otras personas estando yo presente. Me encantaba cuando les decías a tus amigas cuánto te había decepcionado, cuánto te había defraudado, que había sido un accidente con un tipo (la figura del padre que nunca tuve), que las veces que tenías relaciones con otros hombres yo me quedaba en la puerta de tu cuarto observando y vos no querías “cortar el momento” y continuabas. Hasta al verdulero le contabas todo esto, claro que con él había confianza porque él fue uno de esos hombres. Creo que fue el único que me llegó a caer realmente mal. A los demás los trataba con indiferencia. Pero el verdulero fue la persona más hija de puta que conocí. Era la verdulería más cara de la ciudad, y eso que conseguía las frutas y verduras en el mismo lugar que las demás. Supongo que él pensaba en una catástrofe económica como ya ocurrió varias veces en este país (lugar y tiempo no se van a determinar aquí) y por eso aumentaba los precios. Pero hasta en un equilibrio económico él siguió aumentando. Basta de hablar de él que me descompongo. Prefiero hablar de ti, querida madre, que tanto te amo y te estimo y te extraño.
Fue una tortura china cuando te presenté a Ernestina, la única novia que tuve y con la cual tuve mi primera vez. Nunca te vi tan contenta en toda tu puta vida. Mierda que se llevaban bien. Horas y horas hablando de todo, pero especialmente de mí. Hasta yo algunas veces me reía de mí mismo con ustedes y me trataban de loco. Y la verdad que me ponía bastante neurótico todo eso. Ella me recuerda mucho a ti querida madre. Qué chico es el mundo al haberme enamorado de una mujer que se parece tanto a ti. Con ella de novia y de actual esposa es algo raro tenerla aquí en tu casa querida madre. Casa que está a tu nombre pero la que yo me encargué de mantener gracias al trabajo que conseguí a la noche en la estación de servicios a la entrada de la ciudad, a 50 cuadras de aquí. Pero no importa queridísima madre, yo te amo a ti tanto como amo a Ernestina. No creo que te hayan surgido celos por entonces pero lo aclaro para ser más claro. Más claro en mis ideas y más claro para mis acciones futuras.
Parece una ironía pero no lo es. Uno se tendría que poner a imaginar la ira que en mí se formaba cuando Ernestina y vos, querida madre, se juntaban a hablar mal de un chico “tan dócil y fácil de manejar” como ustedes me describían. Por bastante tiempo supe controlar mi enojo. No así mis impulsos.
Creo que llegaste hasta ponerte un poco contenta cuando nació Rafael, nuestro hijo mayor. Creo haber visto un gesto en tu cara parecido a lo que llaman sonrisa. No la veía hace mucho en tu cara. La última vez creo que fue cuando el verdulero vino a casa.
Cuando Rafael tenía 10 años, tuvimos otro hijo llamado Martín, y 2 años después, a Micaela. Terminamos siendo una familia muy numerosa. Incluyéndote a ti querida madre. Cómo se divertían los chicos contigo. Cuando con Ernestina nos íbamos a cenar afuera los dos solos, ellos nos rogaban venir con nosotros. Creo que vos jugabas con ellos a llevarse mal. Jugabas a tratarlos igual que a mí.
Un día tuve la revelación. La visión. El Big Bang. La SOLUCIÓN por así llamarla. Lo vi cuando te animaste a pegarle una bofetada a Rafael a la edad de 15 años por romper un plato oriental que tu, querida madre, tenías guardado con especial afecto. Una vez te pregunté cuánto valía ese plato y me respondiste “más que tu sueldo por 1 año en la estación de servicios, mocoso insolente”. Pero no soporté la idea que mis hijos vivan el mismo infierno que yo viví contigo, amada madre. Sentí lástima por Rafael, que era el que más se interesaba por ti. Quería conocerte por dentro, aunque yo dijera pestes de ti y Ernestina te defendiera. La verdad es de admirar el pendejo insolente que no me hacía caso. Creo que nunca me quiso demasiado. No se por qué. Pero por lo menos me decía papá, y eso me emocionaba mucho. Tanto como defenderlo a él y castigarte a ti. Y se me ocurrió hacer lo que hice por una causa justa. Aunque pasó mucho tiempo antes que lo haga, mientras acumulaba resentimiento hacia ti, querida madre, porque seguías maltratando al pobre de Rafael sin merecerlo.
Los días pasaban y yo sólo me imaginaba el día ideal para realizarlo. Creo que me sentía ansioso. Un día, me entero que Ernestina se iba a pasar el día junto a sus amigas. Le propuse a ella que le comente a las amigas que lleven a todos los hijos de cada una, así ellos también pudieran disfrutar de un día tan soleado como iba a ser ese fin de semana. Yo, por supuesto, me quedaría en casa para cuidar a mi madre.
Mi propuesta fue bien recibida por todos. Así que era un bonito día de un fin de semana cualquiera, en el que, seamos directos, iba a matar a mi madre.
“Este es el día”, pensé. “Hoy mi revelación se va a realizar”, me dije hacia mis adentros.
Ahora que me leo, suena bastante oscuro todo, pero es lo que consideré hacer en su momento. ¿Vos querida madre qué hubieras hecho? Por ahora no respondas, tú solo espera sentada en el cuarto de la casa donde duermes a que te lleve la comida del día, un plato de una buena sopa con zanahoria, pollo, queso, algunas otras verduras de menos importancia y veneno para ratas diluido como ingrediente principal. Yo te lo preparé con mucho cariño. No seas mala, acepta que te ayude con la primera cucharada. Ahí viene el avioncito. Yo sé que no te gusta, pero la tienes que comer para bien o para mal. Ya estás viejita, es lo único que te alimenta. O mejor dicho, lo único que te gusta que te haga de comer. Es lo único en el mundo por lo que no peleamos, con lo que nos llevamos bien. Un simple plato de sopa. ¡Oh mamá! ¡Qué he hecho! He condenado tu vida. He apagado tu existencia. Te amo mamá. Perdóname por esto. Te juro que no quise hacerlo. Pensé que era lo correcto. Me arrepiento totalmente. Esperaré afuera del cuarto si no te molesta mamá, tienes mucha tos. Creo que necesitas unos minutos a solas.
Al final de todo, fueron más de 30 minutos a solas. Entré de nuevo al cuarto por el sólo hecho de saber cómo terminó todo. Mi amada madre, tirada en el suelo, boca abajo, un rastro de un vómito de color claro y muy rojo. Estoy rodeado de un completo silencio y de culpa. Nunca me sentí tan solo en mi vida. Me dediqué a limpiar un poco el lugar, es decir, a borrar cualquier rastro que fura sospechoso. Soy consciente de mi crimen, pero no creo que deba ser encerrado por ello. Yo lo considero como una ayuda hacia un pariente. Así está bien. Pensarlo de esta manera, harán que las heridas sanen rápido. Coloqué a mi madre en la cama de nuevo como si estuviera durmiendo. Te veías hermosa mamá, te hubieras visto. Nunca irradiaste tanta luz en tu vida. El silencio te favorece mucho en tu sensualidad. Es hora de esperar que vuelva mi familia. Espero que esto no sea mucha sorpresa para ellos. Sería horrible verlos sufrir.
Más tarde ese día, mi amada esposa y mis hijos vuelven de un día de camping. Rafael va a avisarle a su abuela que le trajo un collar como regalo. Para su sorpresa, su abuela no reacciona. Me avisa a mí, a lo cual yo me hago el sorprendido, porque, durante todo ese tiempo, estuve mirando la televisión. Pobre Rafael, justo él la tuvo que ver así.
Llamamos a la ambulancia. Nos enteramos que murió esa tarde, intoxicada. Me resultó raro que no viniera ningún miembro de la policía a hacer algunas preguntas. Supongo que en esta ciudad, la muerte de una viejecita no le importa a nadie. Mi actitud a Rafael le resultó sospechosa al no abrir una investigación, ya que amaba tanto a mi madre. Además que notó (hubiera sido buen policía Rafael) que no derramé ninguna lágrima por ella. Como sí lo hizo Ernestina que, para mi gusto, exageró un poco. Debería empezar ya mismo clases de actuación.
Al funeral no asisten muchas personas. Éramos mi familia y un hombre desconocido, que luego me enteraría que tuvo un romance hace mucho tiempo con mi madre. Qué raro que no había rastro del verdulero ni otro algún amorío de mi madre. Supongo que era mala en la cama. Me imaginé que ése hombre era mi padre, pero no se lo comenté para no alarmarlo. De nuevo, en velorio ni en el entierro, nada de lágrimas de mi parte, lo que Rafael me hace notar nuevamente. La verdad que hubiera sido un buen policía, un de esos que te rompe las pelotas hasta dejarte desnudo y hacer lo que quiera con vos. Es buen chico. En serio. Nada que ver al maricón de su padre. Supongo que hice una calamidad, pero ya nada me preocupa. Sin mi madre ya no me preocupaba más nada. Sólo la extrañaba. Y mucho.
Han pasado varios años después de la muerte de mi madre y he logrado, a mi criterio, poder vivir como se merece una persona como yo. Pero mi familia me ha hecho notar actitudes de las que algunas no tengo memoria y de otras que no me parecen estar dentro de lo que muchos suelen llamar como locuras.
Por ejemplo, que me levanto en medio de la noche gritando el nombre de mi madre, llamándola donde quiera que esté, que la extraño, que vuelva. De eso no tengo recuerdo. Ahora solo intento borrar cualquier recuerdo de mi madre con alcohol o algunas drogas. Según Ernestina, es mi deseo de auto destrucción que tengo porque me culpo la muerte de mi madre. Yo solo lo sigo haciendo y no busco explicaciones.
Sorpresivamente, en este lapso, me acompaña Rafael en todo momento. Se encarga de cuidarme, de darme de comer, de ayudarme. Confío más en él que en mi esposa Ernestina. Rafael me aconseja dormir en el viejo cuarto de mamá, así no perjudico a la familia, y además, puedo luchar contra viejas heridas. Es hora de suponer que Rafael fue adoptado. No merece vivir en esta pocilga. Rafael, si te querés ir a conocer Burkina Faso, yo te pago el pasaje de ida y no sé si me alcanzará para el de vuelta, pero ve y no vuelvas a este pozo séptico.
Llevo más de medio año viviendo en el cuarto de mi madre. Tengo este cuaderno donde estoy anotando todo esto que me sirve para desahogarme, y la verdad, me siento más cómo que durmiendo con Ernestina. Sigo peleando con mis demonios internos, tratando de dejar atrás la droga y el alcohol. Rafael es mi fiel compañero. Está presente aún cuando deliro por la abstinencia y digo disparates. Hablo mucho con Rafael en esos estados según él. Yo no tengo recuerdos frescos, pero como dije al comienzo de este diario, ya no me considero una persona con sano juicio.
Hoy es la hora del almuerzo, y Rafael me visita al cuarto. Me anuncia que la familia se fue a pasear al centro de la ciudad y que él decidió quedarse conmigo para cuidarme. Para comer, me dice, hay sopa, con la cual tendré que conformarme. Le dije que sí. Termino de comer en menos de 5 minutos.
Me siento mal y Rafael no responde a mis llamados, aunque ya creo saber por qué. Después de tanto tiempo y en estas condiciones me animo a tomar sopa. ¡Qué idiota he sido! Se ve que al reprimir un recuerdo por completo me olvidé de los hechos mismos. De tantas cosas me olvido, y me olvido el modus operando que utilicé con mi madre. ¡Mi Dios qué idiota he sido!
Bien hecho Rafael, hoy por fin puedo anunciar que te emancipaste de tus padres. Tu inteligencia nos superó a todos. Escribo estas líneas con lo último que me queda de vida. Confieso en este diario que maté a mi madre intoxicándola con veneno para ratas. No merezco un funeral justo. Solo tirenme a un pozo, a un costado de esta ciudad, en una zanja, donde se deja la basura. Que me coman los perros. No merezco un más allá justo. Mi pasaje es directo al infierno, y si no hay, no pagaré la entrada al cielo y me quedaré navegando en el limbo. Con las últimas fuerzas escribo que Rafael es un genio en potencia. Y que se cuide de sus hijos y de cualquier mal que exista en el mundo.
¡Oh madre! Cuánto te extrañé. Voy a tu encuentro. Veo una luz.
lunes, 17 de enero de 2011
La dama del misterio
Por Bruno Ferrari.
Una vez estuve con una mina que nunca entendí sus sentimientos
Por ejemplo, cuando hacíamos el amor, sólo podíamos hacerlo una vez,
en realidad yo podía sólo una vez, ya que luego me indigestaba y quedaba en la lona.
Probamos varias veces, pero sin resultado.
En distintos días, e igual lo mismo.
Yo no sabía por qué, pero era un rechazo fuerte a seguir.
Aún más misterioso era ella, que me esperaba en la cama, desnuda, todas las veces.
Como una sirena seduciéndome con su llamado,
Y este era un llamado corporal
Que yo tenía que rechazar
Ya que no podía
Y a ella no le importaba, no se enojaba, nada.
Un verdadero misterio
Nunca supe si sentía algo por mí para semejante actitud
O le gustaba el tamaño de mi miembro.
domingo, 9 de enero de 2011
Pantalla
Por Bruno Ferrari.
A mí me espera alguien del otro lado,
Del otro lado de esta pantalla fría.
Eso es lo que me gusta creer,
Y espero que tenga razón.
Así parece
y se ve que así son
las nuevas formas del nuevo milenio
de las cuales nos acostumbraremos
Ya no existe lo clásico
Ya no existe la tradición
Ya no se qué es lo que existe
o lo que siento.
Yo solo tengo esta pantalla fría
en la cual yo me baso
y me inspiro
jueves, 3 de diciembre de 2009
La_Tradición.
por Bruno Ferrari
Una mañana de febrero, Luis se levanta de la cama como cualquier otro día. Se lava los dientes mirando al espejo su rostro, que parece decirle “vuelve a la cama que necesito dormir”. Se pone la bata y las pantuflas (al ser un hombre con valores, el único pijama que usa son una remera de su adolescencia y un boxer que fue cambiado de elástico diez veces). Antes de retirarse de la habitación le dirige una mirada a su cama y a la mujer que descansa en ella. Su esposa María ni siquiera abrió un ojo luego del proceso de Luis en levantarse. Ella tiene 20 años menos que él. Y Luis, en sus tempranos 65 años, se siente orgulloso de tenerla a su lado.
El día de Luis prosigue en la cocina, donde se prepara un café instantáneo (sigue en proceso de levantarse, lo que justifica la fiaca), con dos tostadas. Él siempre desea comerse cuatro, pero María no lo deja, dice que es malo para su salud. Mientras desayuna, se pone a leer el diario en la sección política. No se sorprende al leer todas las mañanas los problemas entre los políticos y en sus clásicas capacidades en ponerse en desacuerdo.
Al terminar el desayuno, Luis vuelve a la habitación para ver si María se levantó. Ella sigue durmiendo como si tuviera 5 años. Luego, se dirige al teléfono y busca un número en la agenda y lo disca. Atiende una mujer.
- ¿Hola? - dice ella.
- Hola Brenda, habla Luis.
Ocurre un breve silencio.
- Ah… hola Luis.¿Cómo andás?
- Bien por suerte. ¿Vos?
- Bien…..bien - ella respira profundo y luego en un tono cansino - . ¿A qué debo el honor de tu llamado?
- ¿No recuerdas qué fecha es hoy? - dice él.
- Mmmmmm, no, la verdad que no tengo idea.
- Hoy es nuestro aniversario - dice Luis con total normalidad. Hoy son nuestras bodas de oro.
- 50 años ya? - dice ella - . Cómo pasa el tiempo!
- Y…..50 años no es poco.
- La verdad que tienes razón.
- Bueno….espero que no te hayas olvidado de lo que hablamos aquella vez. Es decir, espero que no te tires atrás - Luis se empieza a poner insistente - . Si no te acuerdas es porque tienes miedo y no te animas a cumplir con tu palabra. Pensé que eras una chica con códigos.
- Tranquilo Luis, nadie dijo nada malo. Y no me digas chica porque eso fue hace mucho tiempo, cuando de veras yo era una chica. Ahora soy una mujer.
- Bueno, disculpa. Pero de verdad que no te tiraste atrás no?
- No.
- Bueno, entonces en el mismo lugar como siempre?
- Sí.
- Bueno, en 1 hora estaré allí. Estás bien? Te noto algo rara.
- No, no, no. No me pasa nada. Nos vemos ahí.
Y cortó el teléfono de mala manera. A Luis eso no le importaba. Le importaba que cumpla su palabra y que estuviera en el lugar pactado y no quedar solo y humillado. Luego del llamado, Luis vuelve a la habitación a ver qué hace María, y la ve que sigue durmiendo. Vuelve a la cocina y le deja una nota pegada en la heladera: “Querida, voy a visitar a Néstor que anda muy mal porque se peleó con su última novia. Típico de él y sus mujeres. Te amo mucho”.
Néstor es un gran amigo de Luis. No el mejor porque él no cree en mejores amigos. Es imposible para él confiarle absolutamente todas las cosas a una persona y sin que esta no diga nada. Además, Néstor regentea un hotel donde generalmente van parejas enamoradas a consumar el hecho. Luis le habla siempre a María sobre Néstor, aunque ella no lo conozca. Le cuenta de que Néstor nunca se pudo casar porque no puede mantener una relación por más de 5 años. Esto es obviamente una mentira para que María no sospeche de Néstor, porque, en realidad, Néstor nunca tuvo una relación seria. La mujer que pueda enseriarse con él manteniendo el lugar del cual él está encargado, ésa es la mujer ideal para Néstor.
Antes de salir de la casa, Luis lo llama a Néstor para decirle que lo visitará un rato, y que le tenga preparada una habitación.
Al llegar al lugar, Néstor lo recibe a Luis.
- Eh! Cómo andas compadre!
- Cómo andas querido Néstor? Todo bien?
- Todo bien, por suerte. Aunque no viene mucha gente. Te digo que llamaste antes al pedo porque hay lugar de sobra.
- Bueno, pero igual quería saber si vos estabas presente.
- Ja ja! Vos lo que querés es el descuentito de siempre no? Sos un hijo de puta como siempre lo fuiste - le dice a Luis, que no le gusta mucho que use ese vocabulario.
- Y, soy un poco hijo de puta en el fondo, como todo el mundo no?
- Yo no, la verdad es que soy un santo - le dice Néstor riéndose.
- Y de los mejores. Y me imagino que tienes las llaves para entrar al paraíso - le desliza de manera pícara Luis.
- Obvio que sí, la habitación 27 para usted y su amada esposa.
Luis se había olvidado que Néstor tampoco conoce a su esposa.
- Ah…sí, así es - se apresura a decir Luis- . Bueno, mejor me voy a la habitación a esperar a mi mujer.
- ¿Te puedo preguntar algo? - dice Néstor.
- Sí, cómo no.
- Nosotros nos vemos bastante seguido, en la calle, en el bar del barrio, en cualquier lugar de la ciudad, pero me sorprende que vengas a este lugar. Es más, la última vez que viniste aquí fue hace 25 años.
- Sí - lo interrumpe Luis de repente -. Lo que pasa es que con mi mujer tenemos la rara costumbre de festejar los aniversarios en lugares raros. No quiero decir que este lugar sea raro, pero a esta edad es medio incómodo, no tanto para mí, pero sí para ella. Y vinimos hace 25 años porque celebramos nuestras bodas de plata. Y hoy se cumplen 50 años, así que vinimos a celebrar las bodas de oro.
- Ah! - dice Néstor de manera exclamativa - . Celebran el aniversario.
- Sí! - dice Luis rápidamente- . Sólo seguimos la tradición de celebrarlo.
- La verdad que es una tradición muy estimulante - y suelta otra risotada - . Bueno amigo, te dejo ir en paz. Pero te voy advirtiendo que tu mujer ya te está esperando en la habitación.
- Bueno, entonces tendré que irme ya. Nos vemos luego - dice Luis casi a las corridas.
Cuando llega a la habitación, efectivamente, Néstor tenía razón. Su mujer lo estaba esperando. Pero la mujer de Luis para Néstor es la misma que era hace 25 años. Es decir, Brenda.
- Buenos días - dice él al cruzar la puerta -. Hace mucho que me esperabas?
- No - responde Brenda de manera seca.
- Ah, bueno, empezamos con el pie izquierdo por lo visto.
- No es eso - responde ella -. Es esta situación que la verdad me tiene cansada.
- Qué situación?
- Esta tradición de mierda que tenemos. Qué persona en su sano juicio puede cada 25 años tener relaciones y nada más?
- Yo siempre creí que éramos un poco locos.
- Un poco sí - responde ella -. Pero también un poco cuerdos como para saber que lo que estamos haciendo está y siempre estuvo mal.
- Yo sabía que te ibas a tirar atrás - le dice Luis de manera repentina.
- Yo no dije eso. Si no, qué mierda hago acá? A lo que me refiero Luis es que a que no somos más jóvenes. Cuando lo pactamos, éramos jóvenes, enamoradizos, que vivíamos de droga en droga. Es más, creo que a esto lo decidimos bajo el efecto de la heroína.
- Ah! Sí! Es verdad! Mierda que estaba bueno eso no?
- No sigas con eso. Fue hace más de 50 años!
- Bueno, solo quería verle el lado bueno.
- No existe el lado bueno en esta historia. Ni siquiera tiene un final feliz.
- Por lo que yo recuerdo. Siempre te ibas feliz de aquí.
- No sigas con eso por favor. Además: cómo el hombre de la entrada puede pensar que soy tu esposa? Está demente o qué¡
- Es que yo le dije eso-
- Por qué? - dice ella en un tono sarcástico.
- Y porque no puede saber que tengo una aventura con otra mujer.
- Ves? Eso es lo malo de todo esto. Soy una aventura tuya y nada más.
- Perdona que sea así, yo solo quiero cumplir con lo pactado - responde él de manera humilde.
- En otra época te lo hubiera perdonado, cuando todavía era una hippie que perdonaba cualquier cosa. Y quizás hace 25 años.
- Hace 25 años te drogabas?
- No digas estupideces - dice ella -. Solo quiero decir que me alegro que esta sea la última vez. Porque después de esta, estaremos muertos. Y esta estúpida tradición viene conmigo.
- No digas eso ahora. Al menos dilo después. Me encanta cuando te haces la difícil.
- siempre fuiste medio trastornadito - le dice ella -. Quizás eso fue lo que me atrajo hace tanto tiempo.
- Yo la verdad que ni me acuerdo. Creo que porque me dabas drogas gratis - dice él.
- El mismo bruto de siempre. Ni una pizca de sentimientos. Espero que con tu esposa no seas así - le dice ella de manera irónica.
- Con mi esposa soy igual.
- Uy pero qué suerte tiene! Me alegro por ella. Haberte bancado todos estos años. Y pensar que hace 30 años me dejaste por ella.
- Yo no pienso decir nada al respecto - dice Luis de manera defensiva.
- Por supuesto, si no te conviene que siga hablando. Imagínate si le dijera que hace 25 años le fuiste infiel y ahora se cumplen 50 y de nuevo lo harás. Imagínate que le dijera eso.
- Ya estamos un poco grandes para andar haciendo estas amenazas - dice él.
- Por dios! Eres un imbécil.
- Gracias. Ahora olvídate de eso y manos a la obra. Que el Viagra sale caro y dura el turno que tenemos en este lugar de mierda.
- Pensé que era de tu amigo.
- Sí. Un amigo de mierda - dice él ya tirado en la cama con ella -. Ahora ven y cierra la boca de una vez.
Ella, como cuando eran jóvenes, como hace 25 años, como hoy, se rinde en lo que sea que le atrajo de él por primera vez. Ella sabe que están haciendo algo malo, lo único que la reconforta es que sea la última vez que lo hacen. Él, en cambio, no piensa en eso ni lo pensará alguna vez. Él solo piensa en terminar, y que cuando termine, le piensa proponer que lo hagan todos los años, en la misma fecha. Ella, como toda una dama, aceptará de mala gana, como lo hizo cuando eran jóvenes, como hace 25 años y como hoy, en sus bodas de oro.
Una mañana de febrero, Luis se levanta de la cama como cualquier otro día. Se lava los dientes mirando al espejo su rostro, que parece decirle “vuelve a la cama que necesito dormir”. Se pone la bata y las pantuflas (al ser un hombre con valores, el único pijama que usa son una remera de su adolescencia y un boxer que fue cambiado de elástico diez veces). Antes de retirarse de la habitación le dirige una mirada a su cama y a la mujer que descansa en ella. Su esposa María ni siquiera abrió un ojo luego del proceso de Luis en levantarse. Ella tiene 20 años menos que él. Y Luis, en sus tempranos 65 años, se siente orgulloso de tenerla a su lado.
El día de Luis prosigue en la cocina, donde se prepara un café instantáneo (sigue en proceso de levantarse, lo que justifica la fiaca), con dos tostadas. Él siempre desea comerse cuatro, pero María no lo deja, dice que es malo para su salud. Mientras desayuna, se pone a leer el diario en la sección política. No se sorprende al leer todas las mañanas los problemas entre los políticos y en sus clásicas capacidades en ponerse en desacuerdo.
Al terminar el desayuno, Luis vuelve a la habitación para ver si María se levantó. Ella sigue durmiendo como si tuviera 5 años. Luego, se dirige al teléfono y busca un número en la agenda y lo disca. Atiende una mujer.
- ¿Hola? - dice ella.
- Hola Brenda, habla Luis.
Ocurre un breve silencio.
- Ah… hola Luis.¿Cómo andás?
- Bien por suerte. ¿Vos?
- Bien…..bien - ella respira profundo y luego en un tono cansino - . ¿A qué debo el honor de tu llamado?
- ¿No recuerdas qué fecha es hoy? - dice él.
- Mmmmmm, no, la verdad que no tengo idea.
- Hoy es nuestro aniversario - dice Luis con total normalidad. Hoy son nuestras bodas de oro.
- 50 años ya? - dice ella - . Cómo pasa el tiempo!
- Y…..50 años no es poco.
- La verdad que tienes razón.
- Bueno….espero que no te hayas olvidado de lo que hablamos aquella vez. Es decir, espero que no te tires atrás - Luis se empieza a poner insistente - . Si no te acuerdas es porque tienes miedo y no te animas a cumplir con tu palabra. Pensé que eras una chica con códigos.
- Tranquilo Luis, nadie dijo nada malo. Y no me digas chica porque eso fue hace mucho tiempo, cuando de veras yo era una chica. Ahora soy una mujer.
- Bueno, disculpa. Pero de verdad que no te tiraste atrás no?
- No.
- Bueno, entonces en el mismo lugar como siempre?
- Sí.
- Bueno, en 1 hora estaré allí. Estás bien? Te noto algo rara.
- No, no, no. No me pasa nada. Nos vemos ahí.
Y cortó el teléfono de mala manera. A Luis eso no le importaba. Le importaba que cumpla su palabra y que estuviera en el lugar pactado y no quedar solo y humillado. Luego del llamado, Luis vuelve a la habitación a ver qué hace María, y la ve que sigue durmiendo. Vuelve a la cocina y le deja una nota pegada en la heladera: “Querida, voy a visitar a Néstor que anda muy mal porque se peleó con su última novia. Típico de él y sus mujeres. Te amo mucho”.
Néstor es un gran amigo de Luis. No el mejor porque él no cree en mejores amigos. Es imposible para él confiarle absolutamente todas las cosas a una persona y sin que esta no diga nada. Además, Néstor regentea un hotel donde generalmente van parejas enamoradas a consumar el hecho. Luis le habla siempre a María sobre Néstor, aunque ella no lo conozca. Le cuenta de que Néstor nunca se pudo casar porque no puede mantener una relación por más de 5 años. Esto es obviamente una mentira para que María no sospeche de Néstor, porque, en realidad, Néstor nunca tuvo una relación seria. La mujer que pueda enseriarse con él manteniendo el lugar del cual él está encargado, ésa es la mujer ideal para Néstor.
Antes de salir de la casa, Luis lo llama a Néstor para decirle que lo visitará un rato, y que le tenga preparada una habitación.
Al llegar al lugar, Néstor lo recibe a Luis.
- Eh! Cómo andas compadre!
- Cómo andas querido Néstor? Todo bien?
- Todo bien, por suerte. Aunque no viene mucha gente. Te digo que llamaste antes al pedo porque hay lugar de sobra.
- Bueno, pero igual quería saber si vos estabas presente.
- Ja ja! Vos lo que querés es el descuentito de siempre no? Sos un hijo de puta como siempre lo fuiste - le dice a Luis, que no le gusta mucho que use ese vocabulario.
- Y, soy un poco hijo de puta en el fondo, como todo el mundo no?
- Yo no, la verdad es que soy un santo - le dice Néstor riéndose.
- Y de los mejores. Y me imagino que tienes las llaves para entrar al paraíso - le desliza de manera pícara Luis.
- Obvio que sí, la habitación 27 para usted y su amada esposa.
Luis se había olvidado que Néstor tampoco conoce a su esposa.
- Ah…sí, así es - se apresura a decir Luis- . Bueno, mejor me voy a la habitación a esperar a mi mujer.
- ¿Te puedo preguntar algo? - dice Néstor.
- Sí, cómo no.
- Nosotros nos vemos bastante seguido, en la calle, en el bar del barrio, en cualquier lugar de la ciudad, pero me sorprende que vengas a este lugar. Es más, la última vez que viniste aquí fue hace 25 años.
- Sí - lo interrumpe Luis de repente -. Lo que pasa es que con mi mujer tenemos la rara costumbre de festejar los aniversarios en lugares raros. No quiero decir que este lugar sea raro, pero a esta edad es medio incómodo, no tanto para mí, pero sí para ella. Y vinimos hace 25 años porque celebramos nuestras bodas de plata. Y hoy se cumplen 50 años, así que vinimos a celebrar las bodas de oro.
- Ah! - dice Néstor de manera exclamativa - . Celebran el aniversario.
- Sí! - dice Luis rápidamente- . Sólo seguimos la tradición de celebrarlo.
- La verdad que es una tradición muy estimulante - y suelta otra risotada - . Bueno amigo, te dejo ir en paz. Pero te voy advirtiendo que tu mujer ya te está esperando en la habitación.
- Bueno, entonces tendré que irme ya. Nos vemos luego - dice Luis casi a las corridas.
Cuando llega a la habitación, efectivamente, Néstor tenía razón. Su mujer lo estaba esperando. Pero la mujer de Luis para Néstor es la misma que era hace 25 años. Es decir, Brenda.
- Buenos días - dice él al cruzar la puerta -. Hace mucho que me esperabas?
- No - responde Brenda de manera seca.
- Ah, bueno, empezamos con el pie izquierdo por lo visto.
- No es eso - responde ella -. Es esta situación que la verdad me tiene cansada.
- Qué situación?
- Esta tradición de mierda que tenemos. Qué persona en su sano juicio puede cada 25 años tener relaciones y nada más?
- Yo siempre creí que éramos un poco locos.
- Un poco sí - responde ella -. Pero también un poco cuerdos como para saber que lo que estamos haciendo está y siempre estuvo mal.
- Yo sabía que te ibas a tirar atrás - le dice Luis de manera repentina.
- Yo no dije eso. Si no, qué mierda hago acá? A lo que me refiero Luis es que a que no somos más jóvenes. Cuando lo pactamos, éramos jóvenes, enamoradizos, que vivíamos de droga en droga. Es más, creo que a esto lo decidimos bajo el efecto de la heroína.
- Ah! Sí! Es verdad! Mierda que estaba bueno eso no?
- No sigas con eso. Fue hace más de 50 años!
- Bueno, solo quería verle el lado bueno.
- No existe el lado bueno en esta historia. Ni siquiera tiene un final feliz.
- Por lo que yo recuerdo. Siempre te ibas feliz de aquí.
- No sigas con eso por favor. Además: cómo el hombre de la entrada puede pensar que soy tu esposa? Está demente o qué¡
- Es que yo le dije eso-
- Por qué? - dice ella en un tono sarcástico.
- Y porque no puede saber que tengo una aventura con otra mujer.
- Ves? Eso es lo malo de todo esto. Soy una aventura tuya y nada más.
- Perdona que sea así, yo solo quiero cumplir con lo pactado - responde él de manera humilde.
- En otra época te lo hubiera perdonado, cuando todavía era una hippie que perdonaba cualquier cosa. Y quizás hace 25 años.
- Hace 25 años te drogabas?
- No digas estupideces - dice ella -. Solo quiero decir que me alegro que esta sea la última vez. Porque después de esta, estaremos muertos. Y esta estúpida tradición viene conmigo.
- No digas eso ahora. Al menos dilo después. Me encanta cuando te haces la difícil.
- siempre fuiste medio trastornadito - le dice ella -. Quizás eso fue lo que me atrajo hace tanto tiempo.
- Yo la verdad que ni me acuerdo. Creo que porque me dabas drogas gratis - dice él.
- El mismo bruto de siempre. Ni una pizca de sentimientos. Espero que con tu esposa no seas así - le dice ella de manera irónica.
- Con mi esposa soy igual.
- Uy pero qué suerte tiene! Me alegro por ella. Haberte bancado todos estos años. Y pensar que hace 30 años me dejaste por ella.
- Yo no pienso decir nada al respecto - dice Luis de manera defensiva.
- Por supuesto, si no te conviene que siga hablando. Imagínate si le dijera que hace 25 años le fuiste infiel y ahora se cumplen 50 y de nuevo lo harás. Imagínate que le dijera eso.
- Ya estamos un poco grandes para andar haciendo estas amenazas - dice él.
- Por dios! Eres un imbécil.
- Gracias. Ahora olvídate de eso y manos a la obra. Que el Viagra sale caro y dura el turno que tenemos en este lugar de mierda.
- Pensé que era de tu amigo.
- Sí. Un amigo de mierda - dice él ya tirado en la cama con ella -. Ahora ven y cierra la boca de una vez.
Ella, como cuando eran jóvenes, como hace 25 años, como hoy, se rinde en lo que sea que le atrajo de él por primera vez. Ella sabe que están haciendo algo malo, lo único que la reconforta es que sea la última vez que lo hacen. Él, en cambio, no piensa en eso ni lo pensará alguna vez. Él solo piensa en terminar, y que cuando termine, le piensa proponer que lo hagan todos los años, en la misma fecha. Ella, como toda una dama, aceptará de mala gana, como lo hizo cuando eran jóvenes, como hace 25 años y como hoy, en sus bodas de oro.
martes, 13 de octubre de 2009
Regreso al hogar
Por Bruno Ferrari
Llega a su casa. Al atravesar el marco de la puerta de entrada, respira profundamente. Está sudado de pies a cabeza. Se quita el sobretodo. En la calle no hacía mucho frío. Sólo lo usaba por conveniencia, por cuestiones de imagen.
Intenta dejar las llaves en la mesa del living, pero no logra coordinar el movimiento y las llaves terminan en el piso. Luego de hacer esto, siente como una especie de mareo y apoya su brazo en la pared para no perder el equilibrio. Tiene sed. Se dirige a la cocina y abre la heladera. Saca una botella de agua mineral de 1.5 lt que estaba llena y toma de la misma. Deja de tomar y la vuelve a guardar en la heladera con 1 lt menos. Le dan ganas de vomitar. Se ubica enfrente del lavabo para prevenir el vómito. Las arcadas aparecen pero nada más. Se recompone y decide ir al baño.
Se estaba orinando. Al llegar al baño se pone frente al inodoro y saca su miembro con la mano izquierda y lo sostiene mientras orina. La mano derecha la apoya en la pared. De ella, caen gotas de sangre que terminan dentro del inodoro. Algunas terminan cayendo en el borde, y él siente el ruido del impacto como un recuerdo profundo y doloroso. Siente el ruido de la sangre como tambores en los oídos. No escucha ningún otro sonido. Sólo el de la sangre en forma de tambores que lo vuelve loco. Se asusta. Se mira las manos y se asusta aún más. Decide mojarse la cara compulsivamente en la pileta, abre la canilla y lo hace. Mira sus manos y respira profundo. No era su sangre, si no la de alguien más. Él ya lo sabe, sólo hacía falta que su mente lo asimilara. Se refriega los ojos y se moja la cabeza. Se mira al espejo y queda en un estado de animación suspendida. Su mente divaga en recuerdos. Algunas lágrimas brotan de sus ojos. Tiene la necesidad de romper todo lo que encuentre en su camino. Vuelve a mirarse al espejo con desprecio. Se detesta. Se aborrece. Siente de nuevo un mareo. Se lava las manos y la cara de nuevo y sale del baño urgente. Se sentía agobiado.
Decide irse a la pieza y sentarse en una silla cercana a la cama. Apoya los codos sobre los muslos y se dedica a mirar algún punto en la pared donde ubicar sus pensamientos. De repente suena su teléfono en el living. Se apura en ir a buscarlo y atender.
- ¿Lo hiciste? - dice una voz al otro lado del tubo.
- Sí - responde él secamente.
- Eh! - exclama la voz. Pero qué te ocurre? Si no es tu primero.
- Pero es mi segundo.
- Exacto! Dicen que con el primero uno se pone mal, tiene nauseas, no lo puede superar. Pero vos lo hiciste. Y ahora se vendrá el tercero…
- Claro, ese es el tema. No sé si habrá un tercero.
- ¿Por qué?
- Porque con éste también me puse mal de nuevo. No puede pasarme lo mismo dos veces. Se ve que no tengo temple para esto.
- ¿De veras crees eso?
- Por el momento, no le encuentro otra explicación.
- Está bien. Pero yo solo te voy a preguntar esto: vos sabés que se paga lindo por esta profesión no?
- Sí.
- Bueno. Al principio vos sabías que no iba a ser fácil. Yo te di todas las recomendaciones, todas las precauciones que te podían pasar sin ningún interés si no porque parecías una persona motivada cuando llegaste conmigo por primera vez. Así que ahora que ya estás adentro lo vas a tener que aceptar. Si no podés, esta será la última vez que hablemos, y las cuentas, la hipoteca, todo lo que ya has comprado con el adelanto que te he dado, lo deberás devolver o empezar a estudiar para ir a la universidad y poder trabajar en una profesión que te pague de igual monto que ésta. Si decides seguir adentro, terminemos este llamado, ve a comer algo, mira la tele, y me llamas para que te otorgue otro encargo. Yo soy un tipo que perdona, pero que no le gusta que lo traten de tonto. Y basta de darte consejos, porque no soy tu puto psicólogo. Decidilo esta noche y házmelo saber.
Se escucha un corte repentino en el teléfono. Él queda reflexionando por lo que acaba de escuchar. Decide ir a la cocina y abre de nuevo la heladera. Encuentra dos milanesas ya cocinadas y una botella grande de cerveza. Agradece que ese día, antes de irse, haya cocinado esas milanesas. Se busca un plato, un vaso y un juego de cubiertos, los deja arriba de la mesa, saca las milanesas y la cerveza de la heladera y se pone a comer. Agarra el control remoto y prende la televisión. Sintoniza una película ya empezada que parece ser una comedia de los años 80 al estilo de “Despedida de soltero”. Termina de comer y continúa mirando la película. Le agrada la película, se divierte con las escenas que representan situaciones cotidianas hechas un chiste. Comienza a darse cuenta que, en realidad, cualquier cosa podría hacerlo reír o llorar, con tal de salir de ese estado deprimente. Concluye sus ideas diciendo hacia sí mismo que la película en realidad es mala y decide cambiar de canal. Dedica una media hora a mirar un documental sobre cómo se aparean las tortugas. Comienza a desviar su atención hacia el teléfono. Comienza a sentir que todo lo malo que le corrió por la espina de pies a cabeza, se ha esfumado. Siente que se ha recompuesto y puede seguir adelante con su vida. Borrón y cuenta nueva. A guardar los recuerdos en un baúl y no sacarlos hasta que no sea pertinente. Ante alguna emergencia y ante cualquier necesidad de volver a recordar, buscar los recuerdos en ese lugar. No cerrar con candado porque el baúl va a estar abriéndose y cerrándose con cierta continuidad ya que habrá nuevos recuerdos que volverán a ser guardados.
Al tener las cosas más en claro, respira profundo y decide ir a buscar el teléfono. Comienza a marcar un número. Está listo para volver a hablar.
Llega a su casa. Al atravesar el marco de la puerta de entrada, respira profundamente. Está sudado de pies a cabeza. Se quita el sobretodo. En la calle no hacía mucho frío. Sólo lo usaba por conveniencia, por cuestiones de imagen.
Intenta dejar las llaves en la mesa del living, pero no logra coordinar el movimiento y las llaves terminan en el piso. Luego de hacer esto, siente como una especie de mareo y apoya su brazo en la pared para no perder el equilibrio. Tiene sed. Se dirige a la cocina y abre la heladera. Saca una botella de agua mineral de 1.5 lt que estaba llena y toma de la misma. Deja de tomar y la vuelve a guardar en la heladera con 1 lt menos. Le dan ganas de vomitar. Se ubica enfrente del lavabo para prevenir el vómito. Las arcadas aparecen pero nada más. Se recompone y decide ir al baño.
Se estaba orinando. Al llegar al baño se pone frente al inodoro y saca su miembro con la mano izquierda y lo sostiene mientras orina. La mano derecha la apoya en la pared. De ella, caen gotas de sangre que terminan dentro del inodoro. Algunas terminan cayendo en el borde, y él siente el ruido del impacto como un recuerdo profundo y doloroso. Siente el ruido de la sangre como tambores en los oídos. No escucha ningún otro sonido. Sólo el de la sangre en forma de tambores que lo vuelve loco. Se asusta. Se mira las manos y se asusta aún más. Decide mojarse la cara compulsivamente en la pileta, abre la canilla y lo hace. Mira sus manos y respira profundo. No era su sangre, si no la de alguien más. Él ya lo sabe, sólo hacía falta que su mente lo asimilara. Se refriega los ojos y se moja la cabeza. Se mira al espejo y queda en un estado de animación suspendida. Su mente divaga en recuerdos. Algunas lágrimas brotan de sus ojos. Tiene la necesidad de romper todo lo que encuentre en su camino. Vuelve a mirarse al espejo con desprecio. Se detesta. Se aborrece. Siente de nuevo un mareo. Se lava las manos y la cara de nuevo y sale del baño urgente. Se sentía agobiado.
Decide irse a la pieza y sentarse en una silla cercana a la cama. Apoya los codos sobre los muslos y se dedica a mirar algún punto en la pared donde ubicar sus pensamientos. De repente suena su teléfono en el living. Se apura en ir a buscarlo y atender.
- ¿Lo hiciste? - dice una voz al otro lado del tubo.
- Sí - responde él secamente.
- Eh! - exclama la voz. Pero qué te ocurre? Si no es tu primero.
- Pero es mi segundo.
- Exacto! Dicen que con el primero uno se pone mal, tiene nauseas, no lo puede superar. Pero vos lo hiciste. Y ahora se vendrá el tercero…
- Claro, ese es el tema. No sé si habrá un tercero.
- ¿Por qué?
- Porque con éste también me puse mal de nuevo. No puede pasarme lo mismo dos veces. Se ve que no tengo temple para esto.
- ¿De veras crees eso?
- Por el momento, no le encuentro otra explicación.
- Está bien. Pero yo solo te voy a preguntar esto: vos sabés que se paga lindo por esta profesión no?
- Sí.
- Bueno. Al principio vos sabías que no iba a ser fácil. Yo te di todas las recomendaciones, todas las precauciones que te podían pasar sin ningún interés si no porque parecías una persona motivada cuando llegaste conmigo por primera vez. Así que ahora que ya estás adentro lo vas a tener que aceptar. Si no podés, esta será la última vez que hablemos, y las cuentas, la hipoteca, todo lo que ya has comprado con el adelanto que te he dado, lo deberás devolver o empezar a estudiar para ir a la universidad y poder trabajar en una profesión que te pague de igual monto que ésta. Si decides seguir adentro, terminemos este llamado, ve a comer algo, mira la tele, y me llamas para que te otorgue otro encargo. Yo soy un tipo que perdona, pero que no le gusta que lo traten de tonto. Y basta de darte consejos, porque no soy tu puto psicólogo. Decidilo esta noche y házmelo saber.
Se escucha un corte repentino en el teléfono. Él queda reflexionando por lo que acaba de escuchar. Decide ir a la cocina y abre de nuevo la heladera. Encuentra dos milanesas ya cocinadas y una botella grande de cerveza. Agradece que ese día, antes de irse, haya cocinado esas milanesas. Se busca un plato, un vaso y un juego de cubiertos, los deja arriba de la mesa, saca las milanesas y la cerveza de la heladera y se pone a comer. Agarra el control remoto y prende la televisión. Sintoniza una película ya empezada que parece ser una comedia de los años 80 al estilo de “Despedida de soltero”. Termina de comer y continúa mirando la película. Le agrada la película, se divierte con las escenas que representan situaciones cotidianas hechas un chiste. Comienza a darse cuenta que, en realidad, cualquier cosa podría hacerlo reír o llorar, con tal de salir de ese estado deprimente. Concluye sus ideas diciendo hacia sí mismo que la película en realidad es mala y decide cambiar de canal. Dedica una media hora a mirar un documental sobre cómo se aparean las tortugas. Comienza a desviar su atención hacia el teléfono. Comienza a sentir que todo lo malo que le corrió por la espina de pies a cabeza, se ha esfumado. Siente que se ha recompuesto y puede seguir adelante con su vida. Borrón y cuenta nueva. A guardar los recuerdos en un baúl y no sacarlos hasta que no sea pertinente. Ante alguna emergencia y ante cualquier necesidad de volver a recordar, buscar los recuerdos en ese lugar. No cerrar con candado porque el baúl va a estar abriéndose y cerrándose con cierta continuidad ya que habrá nuevos recuerdos que volverán a ser guardados.
Al tener las cosas más en claro, respira profundo y decide ir a buscar el teléfono. Comienza a marcar un número. Está listo para volver a hablar.
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