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domingo, 6 de septiembre de 2026

Dalton Josefino Marshall



I. Planeta

Bastaba asomarse a la ventana para quedar impregnado con el aroma de la ciudad, perpetuamente húmeda, sumergida en la burocracia del abandono.

El reloj de la cocina marcaba la medianoche y Dalton se disponía a dormir, una vez más, sin ganas.

Sin embargo aún disfrutaba de ese momento en el que uno cierra los ojos y busca su posición en la cama, sin que el borde de la sábana le toque el cuello y procurando siempre tener una capa de acolchado con el peso adecuado… (Sí, él se guía por el peso del abrigo y no por cuanto lo abriga).

Hay momentos en la vida donde el tiempo puede medirse de distintas maneras, como si fuera maleable o pudiera, de alguna forma, tensarse al destino.

Dalton, sin embargo, contaba sus horas con un método más concreto, guiado por el tic tac de un viejo reloj de péndulo. El cual supo tener un pajarito que salía a cada hora pero hace años solo queda el sonido digestivo de cada minuto.

Está tan acostumbrado a este ritmo que le cuesta conciliar el sueño fuera de casa. En el silencio monótono pareciera ahogarse.

Hace más de 8 meses que Dalton sufre de insomnio y las soluciones químicas le producen malestares peores, por lo que aprendió a entregarse, a “descansar” en ese estado, ni despierto, ni dormido. Un estado mental que si se aprende a domar puede traer lo más puro del sueño al mundo de las ideas. Siempre se dejaba un cuadernito para registrar estos razonamientos en su mesita de luz, la última anotación recitaba:

“Los poetas no saben cantar, porque si supieran no andarían perdiendo el tiempo..”

La ficha médica de Dalton se había perdido junto con su historia clínica durante el último ataque a la estación central, ese glorioso y trágico día, 25 de febrero del año 144 dp (después de la pandemia).

La última estación, valga la redundancia, que fue erguida sobre la superficie terrestre. Hoy, dos piletones de agua pesada delimitan la zona como un monumento destinado a rememorar los años azules.

—Dalton Josefino Marshall - Consultorio 5— Se escuchó una voz ronca salir de los antiguos parlantes eléctricos en la sala de espera de la clínica Ticapeer, especializada en telecomunicación orgánica, perteneciente al grupo Idalgo i.t. Para quien Dalton desempeñaba tareas de reciclaje en el viejo vertedero de la ciudad operando una de las grúas mineras. Era el mejor operario del distrito, no sólo por su aguda intuición para detectar metales pesados bajo la espesa capa de residuos ordinarios, sino también, porque el puesto se trataba de la última categoría a la que podía aspirar dada su condición de salud, ya que no se hacía mención al uso obligatorio del “conmutador orgánico” en el convenio de trabajo.

Justamente, se encontraba en su análisis anual de control a su rara alergia a estos aparatos.

—Buenos días. Tome asiento Dalton, esto va a llevar un tiempo…

—Doctor, necesito más sesiones con el terapeuta, o que de una vez me habilite la aplicación intradérmica del comunicador.

—De eso le quiero hablar Dalton, déjeme leer los últimos informes y su historia clínica una vez más. Claro, aquí está… —dijo el médico. Acompañó el comentario con un gesto de afirmación reiterativo con su cabeza (subiendo y bajándola lentamente), y de exhibición acentuado en su mano izquierda, abriéndola como si contuviera en su palma la revelación que Dalton sospechaba… hacía meses…— … Su prueba de serología sigue debajo del nivel admisible, lo lamento mucho Dalton.

—Pero doctor, usted me dijo que con mis niveles… Siguiendo las indicaciones y el tratamiento en tres meses íbamos a corregir el defasaje.

—Y así sucedió, fijesé, de Julio a la fecha ha disminuido casi un 30% su nivel de anticuerpos compatibles con la proteína D155 que recubre el comunicador, entienda que estos ensayos clínicos lo inmunodisminuyen y predisponen a otras afecciones y además, tienen un límite legal en su aplicación y lo hemos alcanzado, infelizmente su sistema inmune no admite, bajo un nivel de toxicidad aceptable, la aplicación del conmutador orgánico.

—Escuchemé doctor, no estoy aquí por un capricho tecnológico, usted lo sabe, lo necesito para trabajar, hace más de un año que me lo solicitaron en la empresa para poder cambiarme de categoría, usted me contó como manejaban estos temas antes del atentado, qué tanto puede haber cambiado el protocolo, le estoy pidiendo un favor, una excepción, me entiende?.

—Lo entiendo, sé exactamente cómo se siente, recuerde que en este planeta son muy pocas las personas que se quedan por decisión propia, me arriesgo a decirle que casi todos tenemos alguna evasión genética, explícita o no. Y desde el atentado y la aprobación del nuevo protocolo, cualquier tratamiento que lo exceda no sólo implica un delito, sino también la dimisión en la lista de despegue. Nadie en el circuito legal va a continuar con su tratamiento Dalton, le pido disculpas si le generé falsas esperanzas, confíe en que hicimos todo lo que pudimos, lo mejor que pudimos, tanto usted como nuestro equipo y los resultados están a la vista, ha reaccionado perfectamente, sencillamente no pudimos alcanzar el standard mínimo para la aplicación. Necesito serle claro y sincero en esto, la clínica está cerrando el balance de fin de año, nos vamos a retirar del planeta, toda la organización… Tenemos instrucciones de cerrar todos los casos pendientes y en este tiempo que nos queda, no hay más nada que podamos hacer, por lo menos dentro de lo strictly científico. Sabemos que existen otras terapias, pero mi formación me obliga a advertirle sobre el peligro de las mismas.

— Ya lo he intentado todo doctor, no recuerda?, cómo llegué aquí, con una suspensión bajo el brazo?

—Lo recuerdo Dalton, y por suerte y con mucho esmero de su parte, ha logrado superarlo. Usted es una buena persona, y sepa que el puesto al que aspira no es lo más importante en la vida, a veces, y esto se lo confieso con tantos años en este planeta, hay que conformarse con lo que a uno le ha tocado. Este lugar, con todos sus problemas, siempre será nuestra madre tierra, no lo olvide. Ésta es nuestra casa, nuestro hogar, y necesitamos que quede en buenas manos. Confiamos en que usted puede hacerlo de la mejor manera.

—Muy bien doctor, supongo, que va a elevar el informe nuevamente y esta será nuestra última entrevista…

— El informe ya fue procesado, la empresa se va a comunicar con usted a la brevedad. Le deseo lo mejor Dalton… —Nuevamente el gesto de afirmación cíclico con la cabeza, y la mano derecha que se estiraba lentamente hacia su encuentro—

Dalton estrechó la mano del doctor y sintió, al apretarla, que era el último paciente que lo ataba a este planeta, entendió la paciencia y el esmero en explicarle todo como un gesto de cariño de parte del médico, por lo que lo tomó del antebrazo y se acercó un poco a su oído para decirle:

—Gracias por todo Doctor, Buen viaje y no se olviden de nosotros.

El trabajo de Dalton en las excavaciones del antiguo relleno sanitario se parecía en gran medida a la obsoleta minería tradicional. Operaba una gran manga de extracción de minerales y chatarra rica en hierro que básicamente descompone estos materiales con una inmersión controlada. Su contrato establecía un mínimo de 900 eventos de recolección efectivos dentro de la jornada..

Dalton ostentaba uno de los mejores promedios del estado Neuquino. Detrás, claro, de la nueva camada de operadores con memoria genética basada en la comunidad de desarrollos Sylicom. Que no son más que un puñado de adolescentes bien pagos e inoculados en la oficina de workming prácticamente desde su concepción.

Dalton utilizaba un método propio, que muchos intentaron copiar sin éxito. Lo había aprendido desde muy chico cuando su abuelo lo enviaba a jugar números a la quiniela y tiene que ver con algo tan simple como las formas, sí, la forma de las cosas, así como hay números que inspiran confianza como 9318 o el 7043, hay otros que huelen mal como el 6300 o el 4367, pues ese era todo el secreto a la hora de decidir dónde dar la inmersión de la manga. Dalton espera a que coincida el año del sector con la profundidad en metros tan solo para ver la simetría en el viejo tablero de control de su grúa especial-Image-One. Hay días donde apuesta a las curvas ascendentes, otros muy esporádicos a las asíntotas o simplemente ver la belleza de un tablero simétrico y equilibrado.

Al salir de la clínica, comprendió que su trabajo de toda la vida ya no iba a ser el mismo, una fuerte incertidumbre acerca de las tareas que podían encomendarle desde la nueva gerencia terrestre se cubrió inmediatamente con un manto de miedo. Miedo a un futuro incierto que cada vez lo excluía más y más por no portar el módulo básico de comunicación. , rezongó en el umbral de la clínica .

Recordó, mientras caminaba por el boulevard, ese verano del 139 dp donde se implementó aquella tecnología por decreto y su negación anticuada a someterse a los ensayos voluntarios. Una parte de él era profundamente escéptica, desconfiada, casi subversiva para los ojos de sus empleadores que dejaron pasar, como se decía antiguamente “cajonearon” su expediente para no enfrentarse a la ya obsoleta dirección sindical de la cual Dalton era delegado. Los años y el avance tecnológico habían disuelto estas estructuras de representación, hoy todo se manejaba por sistema y aún mantenían vivo y módulo web, casi inutilizable, donde los empleados podían realizar las votaciones y exponer voluntades y proyectos. “Democratización del trabajo”, fue el título de la ley que llevó la idea del consenso comunitario como herramienta de reclamo y organización laboral, hoy, totalmente apestada por la comodidad vacua de transmitir sentimientos codificados a través del conmutador para su posterior análisis en las mesas paritarias. Dalton siempre se opuso a esta idea por entenderla como una violación a la intimidad, por años luchó para que sus pares comprendan que de esa manera se llegaba a la mesa paritaria apostando con las barajas dadas vuelta, lo cual le permitía a la patronal, definir de manera inamovible, el máximo y mínimo de la oferta a recibir. Muchos lo escucharon en un principio pero todo fue lentamente apagándose desde que se hizo pública su rara afección a estos aparatos y en un pequeño movimiento mediático local, la credibilidad de Dalton se vio disminuida a la de un simple operario, enojado, como todos, con la vida en el planeta tierra, a la espera de cumplir las horas obligatorias para poder realizar el despegue.

El día lo ameritaba, y la falta de obligaciones también. Llegando a la calle Rosendo Funes decidió sentarse a tomar una cerveza y fumar uno de sus Gitanes, los cuales extrañaba desde que se los habían prohibido como parte del tratamiento. Al ingresar al kiosco escuchaba como se reían la cajera y el repositor de las góndolas, ninguno prestaba atención a su presencia, ya no existían modales como el saludo o siquiera mirar al cliente. Dalton tomó una lata de la exhibidora y si no fuera por los cigarrillos hubiera pagado sin mas pero el día lo ameritaba, y la falta de respeto también. Por lo que se apostó en la caja, inmóvil, con cara de piedra hasta que la empleada comenzó a incomodarse y le preguntó (con un acento curiosamente asiático, al igual que su cara):

—¿Algo más…?

—Sí, un paquete de Gitanes.

La cajera los tomó y extrañada preguntó:

—¿Quiere pagar en efectivo?, serían 315 seg.

Dalton tomó su billetera y comenzó por las monedas más chicas, no le gustaba que ocupen lugar en sus bolsillo, le hacían peso.

Mientras contaba, a la empleada se le escapó una risotada contenida de la cual se hizo eco el otro empleado en el fondo de la tienda, casi al borde de las lágrimas.

Dalton era un hombre tranquilo, pero esta situación le destiló la cara, tomó a la cajera por el brazo y la llevó al final de las góndolas donde se encontraba su compañero, el cual aún estaba secándose los ojos y ahora sí, con una expresión que poco tenía que ver con la risa, se petrificó al ver la situación.

—A ustedes les parece estar hablando así de la gente riéndose en la cara, cagándose en todos. Entré y los saludé y ni hola me dijeron, después tuve que esperar como 10 minutos que terminen de charlar con esa mierda para que vos, “me mires” por lo menos y me preguntes si necesitaba algo, te pensás que no existo? Sos la dueña de este lugar? Y a vos? Qué te causa tanta gracia que podes llorar de la risa, yo te causo gracia, he? —Dalton zamarreó (suavemente) a la empleada, como mostrándole al pibe que no sólo se trataba de una conversación—

—No señor, no se enoje, nada de eso. Estábamos hablando de unas pavadas, además pensamos que estaba escuchando el canal público…

—Así es señor —agregó ella—, yo pensé que estaba eligiendo algún producto por eso no lo atendí.

Dalton cayó en cuenta del día que estaba transitando…

—Ok, ok, ok, discúlpame… No quise gritarles… Es que vengo de hacerme unos estudios y bueno.. Acá tenés los 315 seg. Me voy a sentar afuera, está bien?

—Sí, claro, si le hace falta algo me avisa señor —respondió la chica mientras retomaba su postura ya sin ser sujetada del brazo—.

De pronto vinieron a su mente escenas cotidianas donde le tocaba perder, ¿O perderse?. Donde los demás le hacían sentir una especie de discapacidad que era realmente inexistente, inventada, digital, virtual, con la que luchaba desde el primer día que ese aparato se interpuso en su vida. La primera que lo marcó a fuego fue cuando Margarita, su última pareja, entre lágrimas y regaños le explicó que no podía seguir construyendo nada con alguien que no era capaz de escucharla desde lo más íntimo de sus pensamientos, que sin el conmutador su relación siempre iba a ser superficial y no podía soportarlo más, si algún día decidía colocárselo y llamarla de una manera sincera, siempre iba a estar dispuesta a escucharlo y sanar este vínculo agotado en la carne y las palabras. Aunque Margarita no lo entendiera, Dalton tenía proyectado un gran futuro para ellos dos y si bien habían pasado sus crisis y dudas nunca pensó que un aparato, finalmente, una máquina, un puto comunicador del tamaño de un lunar iba a ser lo que los distanciara.

Pero eso era historia, hacía ya 5 años que no desarrollaba ningún tipo de intimidad con nadie. Los últimos altercados pasaban más que nada por el plano social, por la degeneración que el comunicador generaba principalmente en las personas jóvenes. Como cuando perdió un vuelo, y sus vacaciones, porque nadie le avisó, ni siquiera por los parlantes de que habían cambiado la puerta de embarque. O sin ir tan lejos, la cantidad de veces que perdía su número en la fila del banco por el mismo motivo. Dalton era un hombre tranquilo, pero se encontraba solo, en este mundo en el que es tan difícil ser uno, entre tantos humanos…

Mientras encendía el primer cigarrillo desde su régimen estricto por el tratamiento. Vio en el reflejo del vidrio del local como la empleada y su compañero continuaban hablando por el aparato, pero con discreción y ahora sí, parecían hacerlo en el canal privado ya que a cada persona que ingresaba la recibían con un cálido y respetuoso saludo; en parte, se sintió orgulloso por haber generado esa situación, por lo menos para los demás clientes. Pero más que nada, sintió nostalgia, de su infancia, su adolescencia… cuando esta situación de hablar con otro humano no estaba sujeta a una falta, al extrañamiento, como si hablara en otro idioma.

Quiso traccionar su mente hacia otro lugar por un rato, sacó su parlante y reprodujo un viejo disco de música analógica, Led Zeppelin III - Since I've Been Lovin' You encabezaba la lista, en los primeros 3 segundos comprendió que era la elección correcta, (si fuera un recital, con eso hubiera amortizado la entrada), una ola lo elevó suavemente de su silla y lo llevó flotando hacia un océano de mareas potentes y controladas por esa guitarra espacial, con el aliento fuerte de los gritos como una tormenta empujó su velero espiritual mar adentro, se sintió acompañado en la inmensidad de su soledad y una sonrisa de a poco se fue confundiendo con su cara, era tiempo de otra cerveza, si, pero esta última, no sabía aún que debía tomarla caminando ya que la hora de cierre del almacén se había cumplido.

Dalton, ya en otra sintonía, volvió a pedir disculpas y agradecido por la temperatura de la lata, se largó a conocer nuevos caminos a su casa, el día no podía ser más agradable y la campera que lo había incomodado toda la jornada comenzó a prestarle su servicio finalmente.

Mientras pateaba la ciudad cuesta arriba, percibió el olor a cloaca que la cubría, en cada esquina, se presentaban los desperdicios del barrio en forma de vapor que despedía el prehistórico alcantarillado. Cuanto más caminaba mas fuerte era la conexión con la ciudad, con su historia olvidada. <Cómo a acostumbrado en esta hemos inmundicia? nos vivir>, se preguntó a sí mismo, por cientos contó las cosas que podían arreglarse con un mínimo de esfuerzo, con la mínima concepción de comunidad que quiere mantener su espacio, el lugar donde vive y no, sencillamente, safar de que algo le suceda a su generación, generación 100% atada con alambres chinos. La idea de comunidad se encontraba desvirtuada y doblegada a las necesidades de la comunidad virtual, esto era más que evidente en la infraestructura, una casa cotizaba mejor si estaba cerca de alguna antena conmutadora, por ejemplo, ese barrio rara vez se quedaba sin luz y los medios de transporte casualmente preferían los recorridos que los atravesase.

En la cima de la colina, Dalton vio como emergía, aún más alta y fuerte que la montaña, una de las antenas. Ni siquiera la maleza se atrevía a interrumpir su trabajo, para ser algo tan valorado por sus coterráneos se encontraba realmente desprotegida la estructura, solo un alambrado viejo y oxidado la separaba de la calle. La decisión ya estaba tomada, arrojó la lata en el cordón y apuró el paso en dirección a la antena, cuanto más se acercaba más grande le parecía, más alta que su edificio, quizás, pensó, sea el punto más alto de la ciudad, el lugar desde donde se puede ver todo...

Al llegar, exhausto, la adrenalina no le permitió cambiar el aire, sólo miró para los costados por las dudas pero sin detenerse pasó el alambrado por un tramo caído y se dispuso a subir. A la escalera le faltaban los primeros 5 escalones pero con lo embalado que venía y la idea de “ahora o nunca” que lo empujaba de un salto superó este pequeño obstáculo. Mientras escalaba comenzó a regular su aire, a sentir la pesadez de sus piernas por la caminata, la presión en sus manos de todo su cuerpo. Nunca miró para abajo, ni para atrás, pero si para arriba a mitad del camino, decidió tomarse un instante para descansar, en realidad, relajar sus músculos por un minuto. Mientras lo hacía, comenzó a disminuir el ruido de su respiración y apareció, de manera más que evidente el sonido de la antena, su vibración y un ruido misteriosamente fuerte e imperceptible desde el suelo, como si se trasladara de manera horizontal, desafiando a la física. Dos escalones más abajo no podía escucharse para nada. Dalton quiso definirlo en su mente parecía una protesta de electrones, un enjambre, de alas invisibles.

Era el momento de seguir, apretó fuerte cada escalón por si otra sorpresa se presentaba, y siguió escalando. Cuanto más se acercaba a la cima, el sonido comenzaba a percibirse como vibraciones, ya no parecía entrar por sus oídos, sin duda alguna lo recibía mas y mas fuerte, recorriendo cada una de sus frecuencias en cada escalón. En los últimos 10 metros, que se encontraban pintados de rojo, sintió, repentinamente, como si fuera capaz de escuchar la sabia del mundo transitar a través de la materia. Y todos y cada uno de los objetos comenzaron a tener algo parecido a la precaria idea de alma, que tienen los humanos.

Sólo faltaban 2 metros y comenzó a sentir miedo de lo que podía pasarle allí arriba. Esa última idea descabellada del alma de las cosas lo había asustado pero rápidamente recordó las dos latas que lo precedían y la idea de estar un poco ebrio lo relajó otro poco y dio los últimos manotazos hasta salir a la superficie, nuevamente. La ciudad…

Espléndida… Panza arriba, preciosa, inmensa y hongueada.

Margarita trabajaba en las oficinas del viejo municipio, podía verlo desde ahí. Hoy, transformado en la central de despegues, donde se asignan las fechas de salida del planeta y se balancean las finanzas de los aspirantes. Esto se desprendía de uno de los artículos más controversiales del nuevo protocolo que fue el único que pudo parar la actividad terrorista en el planeta. Todas las personas debían tener una permanencia mínima en la tierra, ponderada por la tasa de mortalidad del planeta donde decidan ir, la tasa se informaba de manera mensual y siempre, desde el primer día, estuvo sujeta a controversias; Pues los planetas más ricos tenían un promedio de vida que sobrepasaba los 100 años por lo que era muy difícil aplicar a uno de estos.

Luego en la lista de buena fe del mes se abrían las licitaciones donde las personas podían comprarle a otra su posición de despegue y ésta era reenrolada para la semana siguiente. El precio se medía en Segundos, y la diferencia no significaba si viajaba o no, sencillamente tenía que ver con qué semana del mes despegabas. Aunque parecía banal, se gastaban fortunas para salir la primer quincena ya que existía la idea de que en un nuevo mundo, llegar primero implicaba una señal de status, de privilegio y también, unas semanas de ventaja para lograr una buena categoría. Además, todo esto sumado a la prohibición de utilizar moneda extranjera en el resto de los planetas generaba un verdadero remate de seg’s antes de cada despegue. Margarita era una de las encargadas de controlar este flujo para que se suscriba dentro de la ley y hasta donde recuerda Dalton, una de las personas más honradas dentro de ese nido de comadrejas que lucraban con la desesperación de los viajantes.

Desde lo alto de la plataforma Dalton tenía una vista exquisita de la ciudad, había tantos recuerdos impregnados en esas calles, muchas esquinas relataban alguna andanza en tiempos de enseñanza media, el viejo bar donde pasaban música analógica, el parque frente a su casa materna, la casa de un viejo amigo ya despegado.

El sol comenzó a ocultarse detrás del aeropuerto y las luces de las avenidas a titilar a un ritmo decadente, como el tránsito. Dalton entendió que era hora de la revelación, las películas le habían enseñado eso, ése era el lugar y el momento donde su vida iba a cambiar, la antena continuaba emitiendo ese sonido horizontal, podía percibirlo en los pies pero no llegaba a escucharlo a la altura de los oídos, la ciudad entera iba a ser testigo de su metamorfosis… Cerró los ojos esperando el impacto…

Pero nada de eso pasó, a los pocos minutos refrescó muchísimo y a esa altura el viento se le metía por todas las ventanitas de su ropa. Sintió la vuelta a la realidad con pesadez, otra desilusión, que mas dá, con una mueca de su boca dejó salir un “Esta mierda me va a dar cáncer...” y se dispuso a bajar, esta vez se sintió más cómodo con el sonido, hasta le agradaba esa especie de caricia interna de células y electrones bailarines.

Camino a casa se inclinó hacia el café al coñac, recordó la barba de su abuelo, su olor en el primer trago. Entendió, mientras caminaba, que debía cambiar algo en su vida para que sea, de alguna manera, más habitable en sí misma, en su historia, para su memoria, en este planeta que cada vez lo abrazaba más fuerte; Algo que él decidiera cambiar a partir de ahora, aún no sabía qué...

¿Por qué no? Comenzar por la causa de su soledad...

II. Tierra

Despertar no se sintió igual a todos los días, su ánimo permanecía intacto, aún cargando esa mini resaca que según él, se debía a los cigarrillos.

Se dio cuenta que su insomnio había desaparecido, ni rastros del mismo. Además, de lo precavido que era su cerebro reptiliano que se encargó de colocar una milanesa fría entre dos panes con mayonesa y, primordialmente, de no morir atragantado mientras la comía en la cama.

Mientras desayunaba junto a la ventana, pensando en cómo encarar el día y qué sería tan emocionante como ayer?. Llegó un mail a su bandeja de entrada. Era La Empresa, informando su reasignación con categoría de ordenanza al palacio municipal. Lo extraño del mail es que no especificaba fechas ni plazos, en cuanto a la categoría, sinceramente, dentro de los puestos de servicio en los que podía caer era uno de los más agradables, además, por su incapacidad comunicativa, Dalton sabía que no lo iban a enviar a hablar con gentes, más bien se inclinarían por el mantenimiento del edificio y del equipamiento en general, actividad que siempre le agradó, la de reparar cosas. Darle, desde su punto de vista, otra vida. Reutilizar un motor viejo para subir las cortinas de su cuarto por ejemplo, la tostadora que encontró tirada con el enchufe roto y acababa de expulsar esas preciosas rebanadas de pan tostado para acompañar su café. Desde niño tenía devoción por los conteiners, no podía pasar sin mirar dentro de esos basureros de hierro donde la gente tira sus cosas viejas, tesoros de una época descartable...

Dalton podría haber evadido la reincorporación hasta el próximo aviso, pero su buen ánimo lo encontraba predispuesto y además la idea de trabajar cerca de Margarita lo llevó cantando a la ducha con espuma de afeitar, su mejor jeam y hasta una corbata para la ocasión.

El reloj marcaba las 9 de la mañana cuando decidió salir, caminando. Ahora sí la ciudad se presentaba como una oportunidad, un camino nuevo al trabajo, elegir la mejor vereda, calcular el tiempo del recorrido y nuevas caras. De pronto se dio cuenta de que se sentía feliz, después de tanto tiempo lo invadía esa energía positiva y simultaneamente, con un poco de miedo pensó que entonces debía cuidar ese sentimiento a partir de ahora, le pesó la responsabilidad de hacerlo, de no entregarle al destino esta felicidad, quizás precaria, que acababa de construir.

... Nadie va a introducirse entre mis deseos y yo..., se dijo a sí mismo. Mientras esperaba el semáforo del boulevard.

El palacio municipal aún lucía sus históricas columnas de hierro heredadas de la época ferroviaria con sus miles de roblones apretados entre el óxido y la desidia que sostenían un gran volumen abovedado sobre el hall central. Luego de anunciarse en mesa de entrada para aguardar su turno en recursos humanos. Dalton se dispuso a analizar esta intrincada red de hierros tan bien acomodados que daba gusto de verlo nomas. Al poquito tiempo descubrió que la estructura, además, tenía un gran caudal de información sonora, la impresora de tikets de las cajas, el ascensor en la otra punta que abre sus puertas y golpea al final, un palo de escoba que se resbala y cae haciendo ese estruendo instantáneo que se lleva todas las miradas. Todos, absolutamente todos los sonidos, independientemente de dónde salieran, lo agudo o grave de su naturaleza, todos parecían hacer foco en el medio de esa bóveda de hierro antiguo, Dalton imaginó por instantes una sinfónica como las de antes tocando en medio del hall siendo grabadas con un solo micrófono en ese punto donde confluyen los sonidos, equidistantes, puros, auténticos, justos.

El eclipse no se hizo esperar, unos 90 kg de papas, harina y uno o dos huevos cada 29 días se interpuso entre este maravilloso cielo de hierros y él, que a estas alturas ya se había tomado la nuca con las dos manos en posición reposera de playa.

—¿Usted es el señor Dalton Marshall? —Dijo la señora, con uniforme municipal—.

—Si señora, mucho gusto.

—Acompáñeme señor, casi pierde su turno, lo estuvimos llamando durante media hora, si no fuera por la funcionaria Casillas que nos avisó que estaba aquí hubiera perdido la entrevista de hoy.

<Margarita!, Dalton, Prefirió También a cabeza canal cara ceder comunicador, con conocida. dar decir del el en entre escuchar esta explicarle falta la las mientras nada. ninguna no oficinas para pensó pero podía por público que qué...?. revoleaba señora sin vez y>

—Buenos días Dalton, tome asiento —Estrechó su mano y se presentó como el “responsable de rrhh”, José Añís—.

—Disculpe la desprolijidad, acabamos de enterarnos que lo asignaron para el puesto de ordenanza, en el informe menciona una discapacidad comunicativa y <déjeme leer...> “Incapacidad para la utilización del conmutador orgánico”. ¿Es así?

—Así es, yo no lo considero una discapacidad pero ciertamente soy alérgico a la proteína que recubre el comunicador y no puedo utilizarlo —Respondió Dalton, mientras decidía que ese tipo le iba a caer mal para siempre—.

—Disculpeme, claro que no lo es, sucede que no existe una columna exclusiva para esta afección, ni siquiera en la carpeta médica y bueno, lo pusieron en la columna de discapacidades. Le pido disculpas, esto viene derecho de la empresa, podríamos pedir que lo rectifiquen. En fin... Lo que quiero decirle es que estamos muy contentos con su incorporación. Ramiro, el antiguo ordenanza, cada vez tiene más tareas y menos tiempo, él es quien está más agradecido pero para conocerlo va a tener que esperar hasta el jueves ya que se encuentra trabajando en una de las delegaciones esta semana. Me gustaría presentarle a las personas que hacemos de este municipio la casa del pueblo Dalton, pero me agarra con la agenda repleta, ¿le parece presentarse el jueves? a las 9:30hs y junto a Ramiro le vamos a explicar bien de que se trata el mantenimiento de la institución.

—Como no... Una consulta, ¿cómo hay que venir vestido?

—Mmm —No solo juntó los labios y los frunció, hasta hizo el sonido mientras lo analizaba de arriba abajo, deteniéndose sospechosamente un instante a la altura del cinto—. Así está perfecto Dalton —Lo señaló, pero con la mano abierta, como si todos los dedos fueran el índice—, la corbata no hace falta, no se preocupe demasiado por eso, la semana que viene nos llegan los uniformes nuevos y los del personal de servicio hace años que sobran.

—Muy bien —Dijo Dalton, y le ofreció su mano al funcionario la cual estrechó seguido de: “Un gusto...” que se deslizó de su boca con el sesseo propio de las serpientes que ocupan esos cargos políticos—.

—Un gusto..., respondió Dalton —Un gusto a mierda bárbaro, pensó para sus adentros—.

En su camino de salida hizo el mismo ejercicio de buscar a Margarita con la mirada, obteniendo, infelizmente, el mismo resultado.

Cuando llegó al hall central tuvo la sensación de que había una extraña paz en ese lugar tan caótico. Tan criticado. Pero al pisar el último escalón de salida su cerebro se retrucó a sí mismo con un tono enojado (Eso no es paz! Lo que pasa es que están relajados, aburridos, al pedo, pase lo que pase van a seguir haciendo lo mismo todos los días, eso se llama “costumbre”, no paz, más allá del ruido y el quilombo están tranquilos con su trabajo. Eso vamos a aprender hoy Dalton, a Aceptar lo que nos toca...)

Antes de salir del estacionamiento ya había decidido varias cosas: Que era muy temprano para volver a casa, que estaba muy bien vestido como para hacer algo normal, que hacía mil años no venía al centro y que no iba a usar mas esos zapatos que le estaban lastimando el dedo chiquito del pié.

Rápidamente resolvió, como en las películas, caminar hasta algún café, el primero que aparezca por esta vereda con sombra. Se dijo a sí mismo.

En el primero vio tanta gente linda y bien vestida que optó por corregir el algoritmo, “el primer café que aparezca en esta vereda con sombra que no sea tan careta ni tan croto”.

A las pocas cuadras, encontró lo que buscaba, pero del otro lado de la calle y recordó, rápidamente, “Aceptar lo que nos toca...”. Se cruzó sin dudarlo.

El lugar se presentaba como una herencia barroca de dos generaciones totalmente inconexas, por un lado las exhibidoras de botellas repletas de luces y aguas saborizadas, del otro una barra antigua de algarrobo con arrugas y acolchada en los pies junto a algunas banquetas altas y contemporáneas. Dalton se dio cuenta de que eso no era tan solo un bar, era una contienda, una disputa, un partido interno en el que dependiendo del sector que eligiese para sentarse, se definiría el desenlace de su día. Esta simple, pero poderosa decisión, tendría consecuencias enormes sobre mi vida, concluyó, dándole un rango de importancia estratosférico a la situación. Entre tanto razonamiento en el umbral, una chica se acercó sonriendo y le dijo:

—Señor, ¿espera a alguien?.

Aún aturdido por sus cálculos mentales y enceguecido por el brillo de su sonrisa, Dalton le respondió con la cabeza en un gesto amable de “No no, estoy solo”.

—Le puedo ofrecer las banquetas o alguna de las mesitas del frente que tienen una mejor vista, le recomiendo las de la derecha porque a las otras les empieza a dar el sol en breve.

— Que así sea.

—Ya le acerco la carta.

Antes de que la chica camine los 10 pasos para tomar la carta y dejarla en la mesa, Dalton había decidido que por estar del lado de la barra antigua, iba a tomar una cerveza porque ya era tarde para café y además si se seguía sintiendo cómodo como hasta ahora se podría tomar otra cerveza pero no dos cafeces seguidos.

Sin mirar la carta se la encargó a la chica que en un acto de cariño indiferente manoseó tres latas antes de elegir la más fría.

Dalton se dio cuenta de que nunca había dejado de sonreir durante toda esta escena, imaginó su cara de pakman, así que forzó sus labios al estado normal después darle las “Gracias” pertinentes.

El reloj marcaba las 11 hs y su soledad se fue diluyendo de a poco con la gente que entraba y el tránsito del otro lado del vidrio.

Pensó en escribirle, pensó en Margarita, en los años que se conocieron y en la moza, ¿por qué no?. Imaginar escenarios posibles siempre fue el mejor remedio contra la vergüenza.

Y el silencio la sala de ensayo para todas las respuestas.

III. Esperanza

Alérgico a la tecnología, atrapado en la tierra pero mas que entusiasmado con su nuevo trabajo de a poco fue olvidando todas sus broncas.

Hay algo en el oficio de quien arregla cosas muy parecido al orgullo. Reparar lo que hubiera terminado en la basura es, de alguna manera, resucitar lo perdido, robarle al destino un pedacito de mugre… Si se saben administrar bien los reclamos, claro.

—Porque a uno lo toman de boludo de aquí para allá por cualquier pavada… —Fueron las primeras palabras que le dijo a su jefe, Ramiro. Que era el tipo mas mañoso que podía engendrar el empleo público, nacido por decreto, parido en una oficina con llave a la hora de la siesta, arropado con folios y antecedentes de todos y cada uno de los presentes y pasados por la dependencia municipal. Era tan ingenioso que daba gusto escucharlo poner excusas y cambiar de tema en la misma oración. “El Don”, lo decían algunos.. No Don Ramiro, sinó El Don, a secas.

La respuesta fue concisa y clara:

—No les des bola Dalton, a tu trabajo te lo organizás vos, si te lleva una hora.. ellos no tienen porqué saberlo, te puede llevar el día completo. Yo soy el único que te puede dar órdenes acá y lo único que sí te pido es que intentes bajar la ansiedad de los demás. Vos no te das cuenta pero como los dos andamos sin el conmutador ellos piensan que estamos de vacaciones, incomunicados. Por eso escuchalos tranquilo y respondele siempre lo mismo: “Los canales de comunicación habilitados por convenio son el email o el teléfono”. Agregales si querés tu condición así ni intentan buscarte en los canales, ya estoy re podrido de explicarles lo mismo cada vez que enciendo el mio… Mirá, si no fuera por las apuestas… Me lo sacaría a la mierda. Son muchos años de escuchar reclamos y alaridos que ya no sé lo que es el silencio en mi cabeza…

Las jornadas de Dalton habían tomado una rutina que lo hacía sentir orgulloso, con la ayuda del temperamento de su jefe sus días de apuros y reclamos ya casi no existían.

Una de las pocas costumbres que compartía con Ramiro era el cafecito de media mañana en el bar. Dalton aprovechaba a fumar en el camino. Ramiro, por una de sus tantas cábalas, sólo a la vuelta cuando tomaba café con leche o cuando veía un enano. nunca voy a entenderlo.

Hoy la carta del bar había llegado junto con la invitación a una muestra de arte… en la galería colonial “PostCom”, mientras el viejo revisaba los resultados de la fecha Dalton se acomodó para leer la reseña:

En esta muestra la hipercomunicación se despliega como una sordera, donde el exceso de ruido digital silencia nuestra capacidad de escuchar. Al entrar, el visitante es envuelto por una sinfonía caótica de sonidos y luces, reflejando la constante tormenta de información que nos rodea.

"PostCom" desafía las supuestas virtudes de este sistema liposuccionante de sentido, revelando su vacuidad. La instalación "Echo Chamber" proyecta fragmentos de conversaciones superpuestas, creando una cacofonía que simboliza la desconexión en medio de la sobreinformación. En "Silent Scream," una escultura digital amplifica el ruido ambiental, atrapando al espectador en un grito sin fin, una metáfora del alma que busca comunicarse y se pierde en el bullicio.

Esta exposición nos invita a romper con el frenesí informativo y a redescubrir el valor del silencio y la reflexión. "PostCom" sugiere que la verdadera conexión requiere espacio para la quietud y la contemplación. Al final del recorrido, una zona de calma ofrece un respiro, recordándonos la importancia de encontrar momentos de paz en medio del caos.

"PostCom" es una crítica poética y poderosa a nuestra era, un llamado a recuperar el tacto con lo real, la profundidad y autenticidad en nuestras interacciones humanas. La muestra, abierta hasta finales de agosto, es una oportunidad para reflexionar sobre la naturaleza de nuestra comunicación y la esencia de nuestra humanidad.

Dalton no podía estar mas contento con la existencia misma de esos artistas y esta muestra. Aprovechó la oportunidad para invitar a Fiorela, la moza. Quién no dudó en decirle que sí, que iba con unos amigos y su novio, que podían ir todos juntos… Lo cual evacuó la idea de cita para dar lugar a la de amistad que también le venía al pelo al joven Dalton. Que inmediatamente dejó de preocuparse por afeitar sus partes íntimas por las dudas y pasó a pensar que debía limpiar las zapatillas hoy para que estén secas el fin de semana.

El sábado llegó tan lentamente como los amigos de la moza a la muestra, nadie parecía sorprenderse de los dispositivos audiovisuales. Una generación que no se desesperaba por el vino gratuito recorría los pasillos murmurando ideas que en otra época y lugar podrían haberlos llevado directamente a un calabozo. En la puerta de entrada había un cartel, redundante pero necesario: Lo único prohibido en este espacio es el uso del conmutador.

Dalton no podría estar mas de acuerdo. Al fin, un lugar para hablar y debatir como seres humanos.

La noche se fue entremezclando con bebidas y fumadas, entre risas y apologías que de a poco depositaron a Dalton Josefino y su seriedad rendido en el sillón del living de la moza.

Todo el grupo se fue plegando al tiempo que pronto los tornó horizontales y apoyados como un libro recién cerrado.

Al despertar sintió la resaca como un frío bautismo. El olor a la casa, el desperezamiento de todos los que durmieron en la sala les hacía pertenecer, de alguna manera, a una familia que acababa de formarse. Por suerte nadie hablaba demasiado. Dalton acababa de darse cuenta que había dormido 10 hs de corrido, junto a una parva de desconocidos y decidió que ya no necesitaba mas su reloj a péndulo ni nada que marque un ritmo a su vida. Se sentía a gusto y decidió ir a comprar facturas para todos pero infelizmente las llaves se encontraban en la pieza de Fiorela, la moza; Aún encerrada. Por lo que tuvo que conformarse con armar el mate y acomodar un poco la cocina.

Los halagos no tardaron en llegar ni los recortes de torta del bar, exageradamente envueltos para que “no pierdan la humedad”. Solo son los bordes duros del bizcochuelo pero se comportan como galletitas surtidas a esta hora en la que podríamos devorarnos un dinosaurio de azúcar mascabo.

La primer pregunta de Fiorela fue fácil:

—¿Qué tal la pasaste anoche Dalton?

—Josefino! —Acotó una de las chicas—. Te queda mejor Josefino…

La segunda no tanto:

—Hay algo que queremos proponerte, Josefino. Es un proyecto artístico que nos aúna, quizás a toda la humanidad… Se trata de una obra que transita por el proceso de despegue como un duelo, como una última exhalación de nuestro cuerpo terrestre y queremos que seas parte de este proyecto, que seas parte de la comunidad cultural a la que pertenecemos, parte de nuestros deseos y nuestras búsquedas. ¿Te gustaría?

—Si, claro, lo que no entiendo bien es ¿qué rol puedo cumplir?. ¿En qué podría ayudarlos?. Yo no sé mucho de arte pero me encantó todo lo que vi, lo que sentí anoche y hoy mismo.

—Lo primero va a ser dejar de decir ayudarlos.. y empezar por ayudarnos, incluyéndote.. Bienvenido! Lo segundo, en realidad se trata de vivir en el imaginario de la obra, pensar con la propuesta, buscar sensaciones y sentimientos que avalen el discurso de la misma y luego compartir esa experiencia con el grupo. De a poquito confiamos que vamos a poder materializar la propuesta, yo siento que va a ser como un rayo, no puedo sacármelo de la cabeza, un rayo de cuchillos, un rayo filoso, filosófico, una luz tan potente que no va a quedar nada mas por descubrir.

Un poco lo atemorizó esto último a Dalton, mas que nada la sensación de no estar a la altura, de no entender qué le estaban pidiendo… Otro poco se sentía feliz, luego de mucho tiempo, por estar hablando con un grupo tan lindo de gente con una búsqueda tan distinta al resto.

Ese mediodía volvió silbando a su casa, hacía años que no se sentía así de contento.

Luego de la siesta comenzó a hacer la tarea, se dispuso a leer -e interpretar- las instrucciones del proyecto:

Se ha dividido el grupo en dos sectores fundamentales, los encargados de las definiciones filosóficas del proyecto, su guía espiritual, los “teóricos”... Y el “grupo de tareas”. Quienes deseen cambiarse deben coordinar con algún compañero/a para no desbalancear la distribución de cargas.

Por una cuestión práctica el contenido de cada grupo se discutirá pura y exclusivamente con los participantes del mismo lo cual implica que el grupo de tareas no debe opinar de lo que se le pide y el grupo teórico no debe opinar acerca de cómo el grupo de tareas lo resuelve.. Por lo tanto, en primera instancia se le comunica la siguiente guía:

  • Se encuentra prohibido el uso del conmutador cuando se esté trabajando en el proyecto (Recuerde. Pensar en el proyecto es trabajar en el proyecto).

  • Se intenta de alguna manera sentir el despegue como una pequeña muerte, se solicita recorrer pensamientos y tomar acciones respecto de este supuesto, por favor, tome nota.(Debemos generar una obra de arte y no una opinión)

  • Las aristas del proyecto deben trascender lo obvio y evidente, cada despegue implica un cambio en toda la rutina de las personas y su comunidad, no evalúe solamente lo evidente.

  • No olvide que un buen artista no tiene límites, mucho menos en su mente, explore, anímese, esas sombras son las cortinas de nuestro escenario.

Dalton se encontraba mas que agradecido de formar parte del grupo práctico, si bien no había entendido casi nada de lo que pedían, las consignas eran cortas y claras, lo relajaba mucho saber que nadie del grupo nerd podía opinar de lo que a él le tocaba.

IV. Fuerza de voluntad

El email era clarísimo: Dalton, debes registrar el sonido ambiente de la sala de despegue.

Camino a la muni compró un micrófono direccional, ideal para conciertos según el vendedor. Tenía forma de arma, de pistola, negro, con detalles color metálico. Se sintió un hombre peligroso por un instante, una especie de espía, de justiciero luchando contra la burocracia del despegue. Contra toda esa manga de cínicos y acomodados que detestan al planeta y su gente. Apostadores de la necesidad del pueblo, traiders.

En fin, la misión era sencilla, pero a la hora de grabar Dalton intentaba hacer, en si mismo, un acto artístico. Volvió a pensar en su vieja idea de que hay un punto en todas las construcciones donde los sonidos llegan puros, equidistantes, de alguna manera, ecualizados mecánicamente.

Ese punto, en el caso del palacio municipal, se encontraba en el medio del techo.

No dudó en meter mano al tablero para cortar los cables de las luminarias centrales y tener la excusa perfecta para subirse a revisarlas.

En la cima interna de esa vieja cúpula, no sólo se acomoda el sonido sinó tambien las telarañas y una especie de niebla o humedad muy fuerte que permanecía inmobil ante su pequeña expedición.

Luego de prender cuidadosamente el micrófono y hacer el acting de reparar la luminaria, se dió cuenta que su presencia estaba ensuciando la sinfonía, que el elevador también estaba alterando toda la caja de resonancia y por lo tanto, iba a tener que dejar el micrófono grabando. ¿La pregunta era por cuanto tiempo?

Demoraron segundos en responderle el email:

Las tareas fueron asignadas, no vuelva a utilizar la palabra problema en ninguna comunicación oficial. La manera en la que resolvemos las tareas, quizás, sea la respuesta y no la resolución en sí. Lo que le da valor a su persona no es el peso que desplaza por el planeta sinó la manera en que resuelve hacerlo.

Dalton lo leyó tantas veces que pudo memorizarlo pero lo que nunca pudo es entender qué le estaban diciendo, y decidió, de manera muy práctica, grabar todo lo que dure la batería del mic.

El viernes, previo acting de reparación de luminarias, envió el archivo por medio seguro, sin demasiadas explicaciones. El contenido de 5 horas 32 minutos comienza con un sonido hidráulico que se aleja para dar paso a un silencio de muchedumbre con cientos de particularidades, picos, risas, impresiones, gritos, estornudos y un diálogo permanente casi inentendible, como si intentáramos ver el infinito en el contraste del horizonte.

Tanto se entusiasmó con el desafío que generó algunos gráficos separando canales y decibelios en un humilde intento por encontrar un patrón, una rutina, alguna repetición. Si bien no existió tal conclusión, se sentía orgulloso por la belleza de los mismos. Envió todo sin demasiado preámbulo:

Envío la tarea solicitada, saludos, Dalton.

Así, en el mismo renglón y separado por comas. Como si le quedara lejos el Enter o si lo importante fuera el contenido, y no las formas del email.

El sábado hubo reunión en el garage de Javier, el novio de Fiore.

Era un reducido, no asistió nadie del grupo teórico y Fiorela le tocaba laburar ese finde asi que eran solo Javier, Jime, Pamela y “Josefino” como lo conocían a Dalton.

Se pasaron la noche charlando de los desafíos y las resoluciones. Dalton seguía muy preocupado por no tener una línea de si lo que estaba haciendo estaba bien. Pamela lo atendió inmediatamente:

— Josefino, básta de pensar tanto, y mas aún de manera negativa. Estás haciendo todo bien, ¿necesitas que alguien te lo diga? ¿no confiás en tus instintos?. Te voy a dar una tarea, te la envío por email si te hace falta: Dejá de pensar tanto y empezá a sentir más, entre el ruido del mundo, entre todo el silencio que grabaste hay una voz perdida que te es familiar. Buscá esa vos. Es tuya.

Lejos de todo misticismo, el domingo ventoso y gris ayudó a seguir la consigna..

Eran 5 horas y pico de audio, de sofá y café. 5 horas y pico de respirar al ritmo del despegue, de la muchedumbre, de las despedidas casi funerarias de la envidia misma recorriéndole las venas.

Entre tanta monotonía Dalton comenzó a distinguir las voces, reconocía a Dora de mesa de entrada y su impresora. A Joaquín el operador que posicionaba la gente. Al funcionario Añís dándole discursos a quienes despegaban, vendiendo la gestión a quienes se iban del planeta… Qué bronca le daba esto a Dalton. Tanto que comenzó a marcar en la línea de tiempo los momentos donde sentía bronca, paz, incomodidad, deseo…

La tarea comenzó a ponerse aburrida y monótona hasta que llegó una voz inesperada.

Era la de Margarita, o la funcionaria Casillas como la anunciaban antes de sus intervenciones. Explicándoles, reiterativamente a cada pasajero que la realización de este viaje implicaba la renuncia forzosa de la ciudadanía terrestre para ser traspasada a la colonia, por tanto bienes y derechos obtenidos en el planeta emigrante. Su voz siempre fue dulce, su paciencia también. Dalton se llevó las manos al pecho y apretó todos sus músculos para no llorar. No le veía sentido y además estaba tan desacostumbrado que temía quedar con la cara deformada si le daba lugar al llanto. Ese dolor, de “todo lo que hubiera sido”, no solo le corresponde a Margarita que supo rápidamente rearmarse, sinó también a un “todo lo que no fué” de muchos años de abandono espiritual.

Dalton se sentía desafortunado pero motivado, no tenía miedo al dolor, no salteó ni un segundo de audio hasta que la tarea finalmente estuvo concluída.

V. Arteficial

La invitación llegó en un sobre de facturas, doblada dos veces, con olor a grasa y azúcar. Adentro, una tarjeta hecha con papel de calco y un sello torcido: ARTEFICIAL. Abajo, a mano, en tinta azul: “Ensayo privado. Hoy, 22:30. Puerta del taller. Traé ese oído tuyo.”

El taller era el garage de Javier, pero disfrazado. Las paredes vestidas con mantas de lana para amortiguar el sonido, cables que salían como raíces de parlantes viejos, herramientas que parecían insectos dormidos. En el centro, una mesa con dos termos, una bandeja de bizcochuelos duros (envueltos “para que no pierdan la humedad”) y una caja negra del tamaño de un cambiador de bebé, sin marcas, con una manija acolchada.

Fiorela no estaba —“turno doble en el bar”, avisó Jime—. Eran apenas cuatro: Jime y Pamela, con su caligrafía de maestra y sus manos siempre en movimiento; Javier, que fumaba sin permiso de nadie; y Dalton, apoyado en el borde de una batería desarmada, con su cuerpo torpe de hombre que piensa sentado incluso cuando está de pie.

—Arranquemos —dijo Pamela—. Trajiste el audio.

Dalton sacó el pen drive como quien saca un encendedor. Lo había escuchado, pausado, llorado sin llanto. Apretó los dientes para no recordar la voz de Margarita diciendo “renuncia forzosa” como si prometiera una ternura. Pamela se lo pasó a Javier, y éste a una laptop que parecía un acordeón abierto.

Subieron el volumen. La sala se llenó de pasitos de goma, de pitidos que venían de nadie, de la impresora de Dora y sus carraspeos, del ascensor que se golpea al final, y de ese murmullo colectivo —la marea humana— que Dalton ya reconocía como si fuera un tapado que aprendió a ponerse con una mano. A los tres minutos, la voz de Añís emergió con su seseo de serpiente. Dalton apretó el puño dentro del bolsillo.

—Escuchá esto —dijo Jime, deteniendo en un segundo perdido entre dos respiraciones—. ¿Lo oís?

—¿Qué?

—El hueco —dijo Pamela, cerrando los ojos—. Hay un hueco en la sala. Un punto donde todo se junta. Vos lo encontraste arriba, en la cúpula. Pero acá —señaló la pantalla— el hueco aparece a ras del piso. Una junta de dilatación, un ojo de aguja.

Dalton se inclinó. En el espectro, una V delgadísima se abría y cerraba como si una puerta hubiera sido pensada para el aire. Ese lugar en la curva era, para él, una promesa… La vieja idea: hay puntos donde el mundo se ordena sin pedir permiso.

—Esto no es solo sonido —dijo Javier, ahora serio—. Es la rosca del sistema.

Pamela se ajustó el pelo como si se pusiera un casco invisible.

—Josefino —dijo—. Te vamos a decir algo que si no fuera arte sería un crimen, y si no fuera crimen no sería arte. ARTEFICIAL nació para eso: para que el gesto no se degrade en una pared, sino que salga a la calle con piernas.

El nombre les quedaba bien. Tenía algo de laboratorio y de fachada, de sonrisa pintada para la foto de documento. Dalton tragó saliva; no sabía qué se esperaba de él y, al mismo tiempo, sabía demasiado.

—Un viejo dicho —intervino Jime— propaganda por el hecho. Nosotras decimos poesía por el gesto. Un gesto pequeño que tire abajo un decorado entero.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Dalton, con la cortesía extrema del que ya se comprometió por adelantado.

—Que escuches —dijo Pamela—. Y después, que nos prestes tu llave.

Silencio. El de la sala y el de adentro.

Javier apoyó la mano sobre la caja negra como un cura que bendice un pan. La tapa tenía dos tornillos con cabeza redonda, una manija, y nada más. Ni logo, ni perillas, ni instrucciones. Al costado, alguien había escrito con fibra: “NO LA ABRÁS”. Pamela sonrió al ver a Dalton mirarla.

—No hay bombas —aclaró—. No hacemos eso. Los que ruido quieren del que hace sangre ya tuvieron su siglo. Nosotras buscamos silencio.

—¿Silencio?

—Un minuto —dijo Jime—. Sesenta Segundos exactos. Justo cuando anuncien la salida del Día de la Independencia. Un minuto fuera del canal público. Un agujero en la muralla para que pase un aire nuevo por la hendija.

Dalton pensó en la antena y en esa vibración horizontal que le subió por las piernas. Pensó en la municipalidad, en el punto justo bajo la cúpula donde todo confluía. Pensó en la voz de Margarita. Pensó en su insomnio, y en la milanesa entre dos panes que su cuerpo le dejó de regalo. Pensó tanto que se quedó quieto.

—No quiero que nadie salga lastimado —dijo, como si la frase pudiera ordenar la realidad.

—Nadie —dijo Pamela, tan rápido que pareció una mentira—. Solo es… apagar el televisor en la cena de una familia que se olvidó cómo hablar. Y filmarles la cara.

—El minuto de silencio —completó Jime— es la obra. No hay manifiesto. No hay volante. No hay slogan. El hecho es el manifiesto.

Javier, con la laptop en el regazo, retrocedió el audio hasta la voz de la funcionaria Casillas. A Dalton se le encogió el estómago. Pamela bajó la luz del taller y, en la penumbra, la voz se volvió más blanca.

“…la renuncia forzosa de la ciudadanía terrestre…”

—Esto lo escucha el planeta todos los días —dijo Pamela, muy suave—. Ya ni lo registran. Nosotras queremos que, por un minuto, no lo escuchen. Que el rito se quiebre y el cuerpo recuerde que puede sentir.

Dalton asintió sin moverse, como si aceptar con la cabeza no tuviera consecuencias. Sabía que el cuerpo siempre paga.

—¿Y la llave? —preguntó, como si ese fuera un detalle logístico y no un pacto.

—La tuya, la de mantenimiento —dijo Javier, sin rodeos—. Necesitamos pasar por la puerta chica, la que no ve la cámara. Dejás esta caja en el armario del techo durante tu “revisión de luminarias”. La caja hace lo suyo sola. Después, la sacás. Listo.

“Hace lo suyo sola”. A Dalton le encantaban las frases que no decían nada. Eran como cajitas con sorpresa adentro. Quiso abrir ésta con los dientes.

—¿Qué hace? —preguntó.

—Silencia —dijo Jime.

—¿Cómo?

—Con arte —dijo Pamela, y todos se rieron. La risa sirvió para bajar un escalón la conversación, pero no alcanzó para disolver la densidad del aire.

Dalton miró la caja. El cuero de la manija tenía la marca de una mano ajena. Imaginó ese minuto de silencio como una vela encendida en la mitad de un estadio. Imaginó al ascensor golpeando al final en un mundo sin anuncios. Imaginó a Dora deteniendo su impresora para escuchar si el silencio hace ruido. Imaginó a Margarita dejándose sorprender por no decir algo al mismo tiempo que los demás.

—No soy terrorista —dijo, ahora sí en voz alta, para escucharse y verificar que seguía ahí.

—Nosotras tampoco —dijo Pamela—. Ellos llamaron terror a lo que no cabe en sus papeles, a lo que no quieren ver bajando sus cordones dorados por otros soles. Lo nuestro es una obra: una obra que pasa por la gente, no frente a la gente. Si se detuviera en la sala de una galería, sería un adorno. Acá, es un acto. Y los actos cambian el modo de mirar. Para siempre.

Javier apagó el cigarrillo contra un posavasos de plástico. Tenía manos de quien sabe ajustar pernos y dejar rastros mínimos.

—Además —agregó, como quien muestra la carta que faltaba—, ya estás adentro.

Dalton frunció el ceño.

Javier giró la laptop hacia él. En la pantalla se veía la cúpula de la municipalidad, vista desde una cámara lateral. Un punto negro trepaba en un elevador. Un hombre cortaba la luz de las luminarias centrales para “revisarlas”. Dalton se vio a sí mismo como un personaje de película barata: un tipo común haciendo algo fuera de libreto. El video se detuvo justo cuando su mano derecha hacía un gesto pequeño, casi amable, para acomodar el micrófono en silencio.

—No es una amenaza —dijo Jime, y por primera vez sonó triste—. Es una invitación. Pero en este mundo, todo lo verdadero deja evidencia. Y la evidencia te deja de un lado o del otro.

Pamela le apoyó la palma tibia en el antebrazo. El mismo gesto que él había tenido con el médico, como si esa caricia de codo fuera la cuerda de una campanita.

—Mirá, Josefino —susurró—. Comprometerse viene de compromiso. Prometernos algo en común. Si mañana te bajás, borramos esto. No vamos a entregarte a nadie. No somos eso. Pero si te subís, te subís de verdad. Sin conmutador, con tu cuerpo y tu oído. Como antes, cuando la gente hacía fila para una obra de teatro sin saber de qué iba, porque confiaba en el teatro. Confiá en la única verdad, la que nunca dejó de arder dentro tuyo, confiá en el arte, ésta es su cara al fín, ¿no la ves?.

Dalton tragó saliva. Tenía la boca pastosa y un gusto a cigarrillo viejo. Pensó en Ramiro, en su cábala de fumar solo a la vuelta o cuando ve un enano. Pensó en la tostadora que reparó y que ahora sacaba pan perfecto cada mañana. Pensó en el reloj a péndulo y en su pajarito trabado. En los Segundos como moneda universal de algo que no se podía comprar. En la antena y su horizontalidad. En cómo un minuto puede ser una fortuna.

—¿Cuándo? —preguntó.

—En una semana —dijo Pamela—. Lunes 9:17. Turno 14-B. Día de la Independencia. El hueco exacto dura 60 Segundos. Vos lo sabés: lo escuchaste. Nosotras solo vamos a decirle al mundo: “miren, acá hay una puerta para quien se anime a pasar”.

—¿Y después?

—La caja vuelve a su cuna —dijo Jime—. Vos volvés a tu puesto. Nadie recordará tu cara, solo un minuto.

—Y si algo sale mal —dijo Dalton, con la honestidad del que ya aceptó—.

Pamela lo miró como se mira a alguien que está por llorar.

—Capaz que ese sea destino —dijo—. Quedarte para que otros lleguen sin que se rompa todo. Cuidar la casa. Pero antes, dejales un silencio. Que sepan que acá hay almas.

Javier le acercó un papel como si fuera el folleto de una obra. Tenía cincuenta palabras impresas. Era un “contrato performático”, firmado por nadie. El texto no hablaba de leyes ni de penalidades. Decía:

“Acepto participar de ARTEFICIAL entendiendo el arte como acto vivo. Renuncio por 60 Segundos a la obediencia de un sistema que no escucha. Me comprometo a no dañar cuerpos ni bienes, y a soportar el peso de mi gesto. Soy responsable de mi silencio, quiero que todos lo escuchen.”

—No hace falta que firmes —dijo Jime—. Leélo en voz alta. Queda grabado y listo.

Dalton tomó aire. Volvió a ver el video en pausa: él mismo colgado del elevador, el mundo abajo como una cama deshecha. Volvió a escuchar a Margarita, “renuncia forzosa”. Se llevó el papel a la boca y leyó, midiendo cada palabra para llegar al punto con aire.

Cuando terminó, Pamela detuvo la grabación con un toque que casi no hizo ruido. El taller volvió a ser un garage con mantas, termos y bizcochuelos duros. Nadie aplaudió. Nadie dijo “bravo”. Nadie lo abrazó. Ese pudor lo protegió de una emoción indecente.

—Y… —quiso agregar— ¿si pregunto qué hay adentro?

Pamela sonrió con una ternura que a él le pareció antigua, como de una tía que te regala chocolate a escondidas.

—Una obra —dijo.

Salieron al pasillo a tomar aire. La calle estaba negra y húmeda como al principio de los tiempos. Los faroles, cansados. El olor a cloaca se mezclaba con el perfume barato de alguien que pasó apurado. Javier cerró el portón. Jime guardó el pen drive. Pamela se quedó un segundo de más en la vereda, mirando el cielo con una confianza que Dalton no tenía: la confianza de que lo de arriba existe aunque no tenga nombre.

—El lunes —dijo—. 9:17.

—9:17 —repitió Dalton, para que la frase se haga carne.

Caminó hasta su casa con la caja adentro de la mochila, envuelta en una frazada como si fuera un bebé prestado. La sostuvo contra la panza en las esquinas, cuando algún auto la hacía bailar en su espalda. Subió las escaleras contando escalones, porque ese hábito le había salvado alguna vez de tropezar con una tristeza. Dejó la mochila en el piso del cuarto, al lado de la cama. Abrió la ventana, aunque el barrio oliera a vapor viejo.

Puso el reloj a péndulo sobre la mesa de luz y le habló en voz baja:

—Te prometo que por un minuto te voy a dejar de escuchar.

El pajarito trabado, fiel a su ceguera mecánica, no respondió. Dalton se acostó con la campera sobre el pecho, porque esa noche el peso le resultó perfecto. La caja negra estaba a dos metros, muda, respirando al compás nuevo de su insomnio curado.

Antes de dormirse, agarró el cuadernito de anotaciones. Escribió, con letra apretada:

“La propaganda por el hecho es también el silencio hecho carne. Si no suena, se escucha.”

Y abajo, como si firmara un cheque que no se puede pagar, dibujó una flecha y dos palabras:

ARTEFICIAL — INSTALACIÓN HUMANA.



Por Juan.

viernes, 19 de junio de 2026

Entrevista a Miles Davis

 


¿Serías músico si nadie te escuchara?

Pues claro, amo la música.

- ¿Y si la música no te elige, aún podrías amarla?

Eso sería una tragedia para mí, pero no cambiaría nada...

La música y la verdad están en el aire, viven más allá de nuestra mente y todo lo que podemos sentir en el cuerpo. No somos tan importantes..

Finalmente, no podremos escapar de la muerte, el olvido, ni de nosotros mismos.

- ¿En qué lugar nos deposita eso? ¿Somos solo la audiencia de nuestra existencia?

 Sí, claro, ¿o pensás que podés cambiar algo de lo que sienten por ti?

 Porque si ese es el caso, te invito a empezar con tu mejor melodía. Aquí y ahora, no importa de dónde salga ni de donde vengas, ya que estoy seguro, como te decía, que de la muerte y del olvido no escaparemos nunca.

 Pero esta noche tenemos las manos dispuestas, los ojos cerrados y cada bombeo del corazón marcando el ritmo de nuestro lado...





Por J.C.C.




lunes, 8 de junio de 2026

Caramelos de amor

 


Pongo a sonar el alma del vino y me dispongo a escribirte una carta de despedida.

Nunca podría ser sincera cuando la escarcha del corazón invade los dedos.

Tiemblan las cuerdas de la guitarra, no vamos a temblar nosotros..


Cuál es el carácter poético de esta publicación ?

No lo se.

De este vino, este cigarrillo barato y estas hojas sucias?

De este universo completo de distancia sin materia

Con la gravedad propia de la caída al vacío

No hay refugio a uno mismo

Que llueva a cántaros 

Me quiero disolver en la tormenta.




Por J.C.C.

martes, 14 de abril de 2026

Kangoo


Chau amiga, compañera, madre de aventuras, sangre de tierra y fuego.
Guapa, fuerte y vibrante.

Dura y retorcida, siempre estuviste de nuestro lado.
Nunca fuiste control ni policía, aburrimiento ni desgracia.

Dentro tuyo nos refugiamos del mundo, de lo insensato, de lo normal y desabrido.

Fuiste carpa y somier, pesca, obrador, arma química, flete, mudanza y obra de teatro en movimiento.
Fuiste regalo y souvenir. Fuiste de los tres y del mundo entero.

Tu mejor capitán te cambió por una nueva vida, pero no pudo soltarte:
es un Q Continuum que ya vive en vos, en uno de tus engranajes.

Albergaste vida de todo tipo y pequeñas muertes,
tiraste un muelle entero al agua y del cielo llovieron postes de luz sin atar,
personas que no sabían aferrarse y caminos que aún no existen.

Tu piel es difícil de reconocer.
Fue engendrada de noche y sin luna,
siempre cubierta por capas de historia en cada película de polvo que te abraza.

Muy pocos saben tu color.
No tenés ojos fáciles. Nunca te vi llorar,
solo paraste a vomitar cuando no dabas más.

Chau amiga mía, amiga de todos y todas.

Tu desorden inconexo podía juntar un tóner de impresora con la picada del domingo.
Y si metías la mano muy por debajo del asiento ya no había relación cuántica posible
entre la estampilla del Gauchito Gil, dos cebollas y la carta de tragos del bar A Galera del 2006, con todos sus precios.

No hay inflación posible que devuelva lo que nos diste.
No hay precio para vos.

Siempre recibiste las burlas con buena cara,
demostrando que la esencia no se compra con razones humanas.

Tu desorden abría en cada uno de nosotros una pequeña ventana a un mundo posible,
lejos de toda lógica y prejuicio, donde explorar la aventura, la libertad y el deseo de vivir.

El universo entero respiraba por tus ventanas abiertas a la madrugada.

Chau amiga, te quiero.
Sé que no vas a quedarte quieta. Sos una perra vieja que sigue corriendo la pelota emocionada.

Espero verte pronto o mejor aún. Escucharte detrás, sentir que te acercas despacito, reconocer tu respiración profunda y descubrir con total alegría que estás ahí.

Kangoo querida de mi corazón.



 Por J.C.C.


Ver



domingo, 25 de enero de 2026



No le creas a un poeta

es solo un loco casi pájaro

que no puede detener su sueño.


Por Cande Rivero 

viernes, 7 de noviembre de 2025

Silencio


Hubo un tiempo antes de la pólvora

donde la guerras fueron silenciosas  

y no salieron en ningún portal

Hoy el estruendo nos aturde

Porque al silencio lo hacemos nosotros


Las imágenes ya no son suficientes, solo sirven para ser aplastadas por el olvido y la indiferencia

A ambos lados nos ubicamos, conscientes de nuestro lugar

Del bando correcto

El de la razón

Del argumento convertido en la aguda perspicacia para refutar al otro  

Es todo lo mismo?

Somos todos lo mismo?

Cómo ser uno entre tantos humanos?


Cada día me doy una explicación menos.

A los demás hace años

Pero hoy dejé de responderme a mi mismo

A mis dudas

Al desafío de entender

Cómo no ser improvisado cuando todo escapa de nuestra piel

Cómo no tapar la voz de los demás con mi ego, mi razón, mi argumento convertido en la aguda perspicacia para refutarlo


Yo hablo

Tu hablas

El escucha

Nosotros creemos

Ustedes callan

Ellos mueren


Podría dejarlo aquí, claro, pero siento que solo sé quejarme y no hay honor en ello...

En al esperanza si? y en el futuro? ja!

Váyanse todos a la concha de sus madres

y una vez ahí, piensen, de nuevo, a qué vinimos hasta acá... 



J.C.C.



martes, 9 de septiembre de 2025

Nadie nos escucha



Así como nosotros intentamos conocer el pasado desenterrando huesos.

Serán las sombras que dejemos en la eternidad nuestro único relato visible.

Mezclando el vacío con las palabras del mundo a mil ochenta millones de kilómetros por hora.

Del otro lado de la mesa un ojo con el tamaño del olvido recogerá este poema, si se quiere, este instante para transformarlo de regreso a la vida.

Qué hicimos con todos estos años de luz?


J.C.C.